domingo, 14 de mayo de 2023

Cleopatra negra

 Fernando Rospigliosi

        Un ejemplo del impresionante avance del movimiento woke, izquierdista, en los EEUU es la recién estrenada serie de Netflix, “La reina Cleopatra”, que está protagonizada por una actriz negra. Una grosera falsificación histórica que se difunde por una de las principales empresas de streaming del mundo.

        Cleopatra no fue negra, por supuesto. Era de la estirpe de los ptolomeos, descendientes del general macedonio Ptolomeo Sóter, uno de los que acompañó a Alejandro Magno en la expedición en que los griegos conquistaron enormes extensiones de Medio Oriente y África, incluyendo Egipto. Cuando murió Alejandro, sus generales se dividieron sus conquistas y Ptolomeo quedó como gobernante de Egipto y más tarde se declaró faraón.

        En realidad, de los aproximadamente 170 faraones en más de tres mil años de historia del antiguo Egipto, unos cinco fueron negros, procedentes de Nubia, al sur de Egipto (Sudán) y gobernaron unos cien años.

        Los egipcios han rechazado esa torpe tergiversación histórica. Zahi Hawass, un destacado egiptólogo y ex ministro de Antigüedades, dice que “esto es completamente falso, (…) Cleopatra era griega, lo que significa que era de piel clara, no negra”. (BBC News, 19/4/23)

        No hay ninguna evidencia histórica de que Cleopatra fuera negra, al contrario, todo indica que no lo era. No obstante la productora negra Jada Pinkett Smith (esposa del actor Will Smith) ha logrado fabricar, con el respaldo de Netflix, ese desvergonzado fraude histórico.

        Lo ha conseguido en un contexto en que hace furor en Occidente la teoría crítica de la raza, una derivada o una rama de la teoría crítica de la sociedad formulada por la Escuela de Frankfurt, con el propósito de socavar y destruir la Civilización Occidental y Cristiana. (Ver en “El Reporte” mi artículo, “Cien años de la Escuela de Frankfurt”, 9/4/23. http://huevosdeesturion.blogspot.com/).

Como señala Douglas Murray, la teoría crítica de la raza es parte “de una guerra cultural y despiadada contra las raíces de la tradición occidental y contra todo lo bueno que esta ha dado de sí. (…) Lo que está produciéndose es un ataque contra todo lo que tenga que ver con el mundo occidental: su pasado, su presente y su futuro. (…) Occidente era el problema. Y la disolución de Occidente, la solución. (…) Es necesario demonizar a los blancos [porque] en toda la historia de la humanidad, los blancos encarnan algo especialmente malvado” (“La guerra contra Occidente: Cómo resistir en la era de la sinrazón”, 2022.).

Uno de los más grotescos ejemplos que describe Murray, es un suplemento de cien páginas publicado por el New York Times (NYT), el proyecto 1619, donde se propone cambiar la fecha de fundación de los EEUU -el 4 de julio de 1776, Declaración de la Independencia- por el 1619, la fecha de llegada de los primeros esclavos negros a Virginia.

La autora del proyecto, la periodista negra Nikole Hannah-Jones –que ganó el premio Pulitzer por eso-, sostiene explícitamente que hay que reescribir la historia de los EEUU, y especifica que “su objetivo es reencuadrar la historia del país, entendiendo que 1619 es el año de nuestra verdadera fundación, y situar las consecuencias del esclavismo y la contribución de los estadounidenses negros en el centro mismo de nuestro relato nacional”.

        Entre las insensateces que sostiene la autora, dice Murray: “según Hannah-Jones, Estados Unidos ni siquiera era una democracia ´hasta que los estadounidenses negros convirtieron el país en una´.”.

        La idea –sigue Murray- es que todo lo que habían logrado los norteamericanos era gracias al esclavismo, “deseaba convertir un relato de heroísmo y gloria en uno de opresión y vergüenza.”

        El NYT tuvo que eliminar de su edición digital partes de ese absurdo relato ante la fundamentada avalancha de críticas que recibió.

        En realidad, el racismo ha disminuido muchísimo en EEUU y Occidente. Una muestra de ello es la situación de Jada Pinkett Smith y su esposo, Will Smith, muy ricos, famosos y poderosos. Pero es Occidente el objetivo de las críticas más feroces y destructivas, y es en Occidente donde se intenta reescribir la historia a la manera orwelliana o staliniana, entre otras cosas, convirtiendo a Cleopatra en negra. 

También aquí

En el reciente infame informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se repite innumerables veces la falsa idea de que lo que ha motivado las asonadas violentas provocadas por los secuaces de Pedro Castillo es la “discriminación histórica, en particular hacia los pueblos indígenas”, que esas algaradas se han producido en “un marcado contexto de discriminación histórica por origen étnico-racial”.

Los socialistas del siglo XXI que redactaron ese perverso reporte se ponen a tono con la muy influyente teoría crítica de la raza.

Los disturbios que se efectuaron en Puno –y los que se anuncian ahora-, también se pretenden justificar como un alzamiento de los aymaras, sin mencionar que ese departamento está fuera de control desde hace años no por un problema étnico sino por las economías ilegales –minería, contrabando, narcotráfico, etc.- que se han enseñoreado en esa región.

Los enemigos de Occidente –que viven y disfrutan de las libertades y el confort occidental- están ganando la batalla cultural. Hay que reaccionar y desmentir sus falacias en todos los campos.

PD: Una muestra adicional de la enorme influencia de la ideología woke y de la teoría crítica de la raza son las declaraciones del presidente Joe Biden el 13/5/23 en la Universidad de Howard  (predominantemente negra): el supremacismo blanco es la amenaza terrorista más peligrosa del país, dijo. No los fanáticos islámicos. No los yihadistas. No los "antifas" y BLM que provocaron violentos disturbios en los EEUU y destruyeron estatuas de Cristobal Colón y George Washington. No. Son los "supremacistas blancos".

        

Publicado en El Reporte 14/5/23

       

Adele James, actriz que representa a Cleopatra en una serie "documental" de Netflix


viernes, 12 de mayo de 2023

Cien años de la Escuela de Frankfurt


 Fernando Rospigliosi

        Ahora es común atribuir al marxista italiano Antonio Gramsci el éxito que ha tenido el comunismo en socavar los cimientos ideológicos, culturales, religiosos y morales de la civilización Occidental y Cristiana. En realidad, muchísimo más importante ha sido la influencia de la Escuela de Frankfurt fundada hace cien años en la universidad de esa ciudad alemana.

        La constituyeron un grupo de jóvenes y brillantes filósofos alemanes, marxistas no ortodoxos, que entendieron que la Europa industrial y desarrollada no funcionaban las recetas entonces adoptadas por todos los partidos comunistas dirigidos por la III Internacional desde Moscú. Éstos querían asaltar el poder violentamente con la clase obrera –el sujeto revolucionario- al frente, arrastrando a la masa campesina.

        Los de Frankfurt se dieron cuenta tempranamente que los obreros, que ya habían alcanzado reivindicaciones importantes y niveles de vida relativamente confortables, querían seguir superando esos logros a través de la organización de sus sindicatos y de conquistas políticas logradas en el marco de la democracia representativa. Se habían aburguesado y ya no eran revolucionarios.

        La intención de los de Frankfurt era destruir la civilización Occidental y Cristiana a la que aborrecían y de la cual disfrutaban. Provenían de clases medias altas y sectores acomodados y siempre, hasta el final de sus vidas –varios gozaron de una opulenta jubilación en Suiza-, disfrutaron de los lujos y placeres del abominado capitalismo. Auténticos caviares.

        La Escuela se fundó en 1923 gracias a la financiación de un magnate argentino de origen alemán, Félix Weil, cuyo padre, comerciante en granos, acumuló una enorme fortuna. En esa época –antes de que el país fuera destruido por el peronismo- los ricos argentinos eran realmente acaudalados. Y luego fueron sufragados por las grandes fundaciones –Rockefeller, Ford, etc.- y el gobierno y las universidades norteamericanas.

        En 1933, cuando Adolfo Hitler llegó al poder, los de Frankfurt, marxistas y judíos, escaparon a los Estados Unidos, porque sabían el destino que les esperaba si permanecían en Alemania.

        Esa circunstancia posibilitó que multiplicaran su influencia de manera desmesurada, como probablemente no hubiera ocurrido si permanecían en su ciudad de origen. Desembarcaron en el país capitalista más pujante del mundo, que no había sufrido los estragos de la Primera Guerra Mundial como Europa y no cargaría con los de la más devastadora SGM, al final de la cual surgiría como una gran superpotencia.

Cuando llegaron a los EEUU, todas las más importantes universidades se los disputaron. Eran deslumbrantes, con ideas innovadoras, provenientes de la ilustre tradición intelectual y filosófica alemana. Nunca pertenecieron al partido comunista, ni se sometieron a la rígida y esterilizante doctrina que tenía a Stalin como Papa infalible.

        La competencia la ganó la muy prestigiosa universidad de Columbia, en Nueva York, sonde sentaron sus reales. Desde 1934 empezaron a formar promoción tras promoción de intelectuales y profesionales norteamericanos, que embelesados por las novedosas y vanguardistas proposiciones –la “teoría critica de la sociedad”-, las absorbían y luego replicaban en otras de las mejores universidades en los que se convertían en docentes. Y las difundían desde la “industria cultural” que fueron dominando: medios de comunicación, cine, arte, etc. Los de Frankfurt también ejercieron la docencia en otras universidades como la de Chicago, Princeton, Brandeis y Berkeley.

        Como una mancha de aceite, el subversivo pensamiento de los de Frankfurt se fue extendiendo en la satisfecha y próspera sociedad norteamericana. Y cuando nuevas generaciones, fueron tomando la posta, las ideas se transformaron en acción. El movimiento contra la guerra de Vietnam, el hipismo, la revolución sexual, el feminismo, el racismo anti blanco, la crítica a la familia y la religión, la permisividad con las drogas, etc. estaban inspirados en las doctrinas revolucionarias de los de Frankfurt, cuyo gurú fue Herbert Marcuse -asentado en ese entonces en California, el epicentro del movimiento-, autor entre otros libros, de los muy influyentes “Razón y Revolución” (1941), “Eros y Civilización” (1955) y “El Hombre Unidimensional” (1964).

        Una característica importante de los de Frankfurt es que nunca fueron una iglesia. Compartían su odio al capitalismo, pero discrepaban en otras cosas, a lo cual se sumaban los inevitables celos profesionales. Se peleaban entre ellos, a veces virulentamente. Pero nada de eso disminuía su ascendencia, al contrario, la reforzaba.

        Después de la guerra, varios regresaron a Frankfurt y crearon filiales en otras ciudades europeas (Paris, Ginebra, Londres).

        En cambio Gramsci, fue el secretario general del Partido Comunista de Italia, encarcelado por Benito Mussolini en 1926. Fue liberado en 1935, poco antes de morir, pero gracias a eso pudo sacar de la prisión sus cuadernos, redactados crípticamente por temor a que se los incautaran.

        Gramsci había llegado a una conclusión similar que los de Frankfurt, y sostenía que para alcanza al comunismo primero tenían que ganar la hegemonía cultural en la sociedad. Pero sus escritos no tenían la fuerza, la profundidad, ni la diversidad de los de Frankfurt y recién empezaron a ser publicados después de la SGM (entre 1948 y 1951 y la “edición crítica” en 1975) y realmente se hicieron conocidos en las décadas de 1960 y 1970, precisamente cuando las ideas que él había formulado en esquema, ya se habían impuesto en los grupos que los de Frankfurt habían tomado como objetivos: los jóvenes, los intelectuales, las feministas, las minorías étnicas, etc.

        Así, un siglo después, las venenosas semillas sembradas por la Escuela de Frankfurt han florecido y están destruyendo la civilización Occidental y Cristiana desde dentro. Quizá todavía hay tiempo para impedirlo.

Nota. Los más importantes y algunos discípulos: Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Friedrich Pollock, Erich Fromm, Walter Benjamin, Leo Löwenthal, Franz Leopold Neumann, Wilhem Reich, Jurgen Habermas.


Publicado en El Reporte 9/4/23.


martes, 9 de mayo de 2023

Policía municipal


 Fernando Rospigliosi

 

        Como lo había advertido, la ley que aprobó el Congreso para entregar “armas no letales” a los serenos, abría la puerta para el siguiente paso, la creación de policías municipales, es decir, la fundación e unos dos mil cuerpos policiales muchos de los cuales estarán controlados por el narcotráfico, la minería ilegal, el crimen organizado, los socialistas del siglo XXI y cualquier delincuente que se apodere de un gobierno local o regional.

        Curiosamente, quien ha presentado el proyecto de ley N° 4863 el 3 de mayo, para establecer la policía municipal (PM) es la congresista Digna Calle, de Podemos, la misma que pasaba meses en Miami y desde allí fingía cumplir con sus labores parlamentarias. Ella pertenece al partido que encabeza el procesado José Luna Gálvez, que se enfrentó -con su candidato Daniel Urresti- al actual alcalde Rafael López Aliaga, que se ha convertido en el principal defensor de la instauración de la PM.

        Así, Podemos y Renovación Popular resultan ahora aliados en una política que contribuiría a desintegrar el país, que es precisamente lo que buscan los comunistas, los socialistas del siglo XXI.

        Peor todavía, el teniente alcalde de Lima, Renzo Reggiardo, el principal impulsor de esta delirante idea, amenaza con crear esa PM a través de una ordenanza, es decir de una norma edil de menor rango. En realidad, la PM ni siquiera podría ser establecida por una ley, requería cambios constitucionales.

        Pero dada la manifiesta irresponsabilidad, ignorancia e incompetencia que demuestran todos los días muchos de los actuales congresistas –que probablemente serán superados en estulticia por los que vengan luego-, no hay que descartar esa posibilidad. Al contrario, hay que considerarla como probable.

        Como he venido previniendo insistentemente en estas páginas, esa nefasta propuesta de descuartizar el país con dos mil cuerpos policiales debe ser rechazada. Lo que hay que hacer es exigir al Gobierno que cumpla con su deber, respaldando, equipando y capacitando a la Policía Nacional para que enfrente con eficacia a la delincuencia. (“Dos mil cuerpos policiales”, 2/4/23; “Dos serenos baleados”, 16/4/23; “Rumbo al desastre”, 23/4/23; “Delincuencia imparable”, 30/4/23).

        La ley que entrega a los serenazgos “armas no letales” ha sido observada, en una correcta decisión, por el Gobierno. Lo adecuado sería ahora que aquellos congresistas que por desconocimiento o descuido fueron sorprendidos y votaron para aprobarla, no insistan en el error y la archiven.

El autor de ese despropósito fue el congresista de Perú Libre Américo Gonza, sindicado como uno de los “Niños”, que también es el creador de la ley que aumenta las penas de cárcel por difamación, ampliamente considerada como una amenaza para la libertad de expresión y el periodismo independiente. Según “El Comercio”, Américo Gonza es, probablemente, el congresista más cercano al expresidente Pedro Castillo y a su familia. El perulibrista- quien, de acuerdo al Ministerio Público- es uno de los cabecillas de la organización criminal que cobró sobornos a altos oficiales de la Policía Nacional para ascenderlos- hasta hace poco decía poner ´las manos al fuego´ por el hoy detenido profesor. Y tiene una amistad con los sobrinos del exmandatario, al punto que contrató a los amigos de estos como trabajadores de su despacho en el Parlamento.” (31/12/22).

Ese es el personaje que guía, como corderitos al matadero, a la mayoría de congresistas que han aprobado sus proyectos del serenazgo y difamación.

En síntesis, es indispensable que el Congreso rechace ese disparatado proyecto para crear la PM, no insista en la ley de armar al serenazgo y ayude a combatir la delincuencia aprobando la ley que devuelve a la Policía Nacional la investigación preliminar.

Publicado en El Reporte, 7/5/23

sábado, 4 de febrero de 2023

“Narvik”, paradojas de la política (2)

 Reflexiones sobre un episodio de la Segunda Guerra Mundial

Fernando Rospigliosi

        El desembarco aliado en Noruega, en abril de 1940, promovido por Winston Churchill, terminó en una derrota para los aliados. Cuando las operaciones estaban todavía en curso, en mayo, una moción de censura en el Parlamento británico contra el primer ministro Neville Chamberlain, terminó obligándole a renunciar. El que asumió el cargo fue el principal responsable del descalabro, Churchill. Paradoja de la política.

        Después de la invasión y repartición de Polonia entre los asociados, el nazi Adolfo Hitler y el comunista José Stalin, en setiembre de 1939, pasaron varios meses de calma en los que aliados y alemanes se observaban y preparaban.

        Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo (ministro de Marina) promovió un desembarco en la neutral Noruega para cortar el suministro de hierro sueco a Alemania. La invasión resultó en un desastre. (Ver “´Narvik´, rompiendo las reglas (1)”, en este blog, 3/2/23).

        Cuando la noticia de los primeros reveses se conoció en Gran Bretaña, en el Parlamento se discutió una moción de censura contra el primer ministro conservador Neville Chamberlain, que contaba con una amplia mayoría.

El 8 de mayo de 1940 el Parlamento debatió la situación de la guerra y la derrota en Noruega, y los furiosos diputados -no solo de la oposición sino incluso oficialistas-, atacaron virulentamente a Chamberlain. El viejo Lloyd George, en la oposición, disculpó a Churchill y criticó a Chamberlain. Churchill asumió su culpa y replicó: “Asumo la plena responsabilidad de todo lo hecho por el Almirantazgo y comparto plenamente toda la carga.” (Winston Churchill, “Memorias. La Segunda Guerra Mundial”. Tomó I, p. 752. Plaza y Janés 1965.).

Y agrega “era claro que la irritación no se dirigía contra mí sino contra Chamberlain, a quien defendí.” (Ibid., 753).

La explicación que ensaya Churchill:

“Teniendo en cuenta el prominente papel que desempeñé en aquellos sucesos, (…) maravilla fue que yo sobreviviese y conservara la estima pública y la confianza del parlamento. Ellos se debió al hecho de que yo llevaba seis o siete años prediciendo con exactitud el curso de los acontecimientos. Si eso no se atendió antes se recordó después.” (Ibid., 739-740).

        En realidad, esa es la mitad de la explicación. La otra parte es que la política de apaciguamiento de Chamberlain, que creía que haciendo concesiones a Hitler lo iba a calmar, había resultado un rotundo fracaso. Aunque Chamberlain había sido apoyado masivamente tanto por el pueblo como por el Parlamento durante ese período, cuando se desató la guerra se comprobó el error. (Ver en este blog Falsificación histórica. La película ´Múnich en vísperas de una guerra´, 29/1/22).

        El fracaso de los desembarcos en Narvik y Trondheim fue el pretexto para que la ira contra el culpable del yerro del apaciguamiento estallara. Y los que antes aclamaban a Chamberlain y fueron corresponsables de la funesta equivocación –los políticos y los ciudadanos-, lo abominaron y defenestraron.

El voto de censura de los laboristas y liberales contra Chamberlain no prosperó, pero un buen número de conservadores votaron con ellos o se abstuvieron, una situación insólita. Al día siguiente, 9 de mayo, luego de consultas, Chamberlain decidió renunciar.

El 10 de mayo muy temprano se conoció que la ofensiva alemana en Bélgica, Holanda y Francia había comenzado. Chamberlain intentó nombrar Primer Ministro a Lord Halifax, pero este no aceptó. Entonces designó a Churchill.

El historiador británico Antony Beevor resume así el incidente:  

“Como el propio Churchill reconocería más tarde, él fue más responsable del desastre ocurrido en Noruega que Neville Chamberlain. Pero por una de esas crueles ironías de la política, aquel revés supondría su nombramiento como primer ministro en sustitución de Chamberlain.” (“La Segunda Guerra Mundial”, 2012, p. 113).


        En síntesis, una derrota de relativa importancia en Noruega fue la causa de que aflorara la indignación contra el responsable de la política de apaciguamiento que había permitido a Hitler rearmarse, consolidar su gobierno y expandir las fronteras de Alemania, para desatar luego una conflagración monstruosa. Así, de manera inesperada y por un suceso en el cual no tenía mayor culpa, Chamberlain sufrió un merecido castigo político.

        En tanto Churchill, el principal promotor de la fallida invasión de Noruega, resultó exculpado y elevado al cargo de jefe del gobierno, por suerte para los británicos y el mundo entero. Fue en realidad, un tardío reconocimiento de que él tuvo razón en advertir sobre el peligro que significaban Hitler y los nazis.

        En la historia no es usual que ocurran hechos de esa naturaleza. En muchos casos los culpables no pagan por sus yerros y los que tenían razón no son reconocidos.



viernes, 3 de febrero de 2023

“Narvik”, rompiendo las reglas (1)

Reflexiones sobre un episodio de la Segunda Guerra Mundial

Fernando Rospigliosi

A propósito de la película noruega “Narvik”, recientemente estrenada en Netflix, algunas consideraciones sobre lo que ocurrió en ese entonces en ese país escandinavo. En este primer artículo, como Winston Churchill justificaba quebrar ciertas normas en función de un bien superior. Y como debemos aprender de la historia.


Apenas iniciada la Segunda Guerra Mundial (SGM), Winston Churchill, que había denunciado por años la política agresiva de Adolfo Hitler sin ser escuchado, terminó su “travesía en el desierto” de dos décadas sin participar en el gobierno y fue incorporado por el premier Neville Chamberlain al gabinete de guerra, integrado por cinco personas que tomaría las decisiones más importantes durante la conflagración. Y el 5 de setiembre, lo nombraron Primer Lord del Almirantazgo -ministro de Marina-, cargo que había ocupado al comienzo de la Primera Guerra Mundial (entre 1911 y 1915).

Churchill tenía un torbellino de ideas en su cabeza y en los primeros meses concibió la idea de invadir Noruega, un país neutral, para impedir que el hierro de Suecia, que abastecía la industria bélica alemana y se transportaba a través de puertos noruegos, cesara de fluir.

El 80% del hierro que usaba Alemania provenía de Suecia, también neutral, pero que no podía negarle ese recurso indispensable a los alemanes a riesgo de ser invadido y sometido. Lo mismo ocurría con Noruega, que tampoco podía impedir a los nazis el uso de sus puertos.

Después de la invasión y partición de Polonia entre Hitler y Stalin, en setiembre de 1939, no sucedía prácticamente nada. Franceses y alemanes se miraban a través de la frontera, en lo que se llamó la “guerra crepuscular”.

Churchill enviaba memorándum tras memorándum urgiendo hacer algo. Y lo que él podía hacer, usando la flota, era invadir Noruega para cortar el suministro de hierro a Alemania. Finalmente, su iniciativa se aprobó y los aliados decidieron hacerlo, desembarcando en Narvik y Trondheim en abril de 1940. Pero a los alemanes se les había ocurrido exactamente la misma idea y se adelantaron por muy poco a los aliados, que finalmente tuvieron que retirarse.

¿Cómo justificó Churchill la invasión de un país neutral? En sus memorias sobre la SGM, reproduce una nota que envió al Gabinete de Guerra el 16/12/39:

 

Nuestra derrota implantaría una era de bárbara violencia y sería fatal, no sólo para nosotros sino para la vida independiente de todo país pequeño de Europa. (…) tenemos el derecho y el deber de abrogar temporalmente algunas de las disposiciones de las mismas leyes que tratamos de consolidar y reafirmar. No deben las pequeñas naciones, por cuyos derechos y libertad combatimos, querer trabarnos las manos. La letra de la ley, en casos de suprema necesidad, no debe obstruir a los encargados de protegerla y forzarla. No sería justo ni racional que la potencia agresora obtuviese una serie de ventajas quebrando todas las leyes y otra serie de beneficios escudándose tras el respeto a la ley innato en sus adversarios. Más que la legalidad, es la humanidad lo que debe informar a nuestra conducta. 

La historia nos juzgará. Hemos de afrontar los acontecimientos.”

("Memorias. La Segunda Guerra Mundial". Tomó I, p. 627-628. Plaza y Janés 1965. Subrayado mío.).

 

En el Perú, en una situación como la actual, podría parafrasearse a Churchill así:

 

Nuestra derrota implantaría una era de bárbara violencia y sería fatal para 33 millones de peruanos. Tenemos el derecho y el deber de abrogar temporalmente alguna de las disposiciones de las mismas leyes que tratamos de consolidar y reafirmar. La letra de la ley, en casos de suprema necesidad, no debe obstruir a los encargados de protegerla. No sería justo ni racional que los comunistas, los terroristas, los socialistas del siglo XXI, obtuviesen una serie de ventajas quebrando todas las leyes, y otra serie de beneficios escudándose tras el respeto a la ley innato en los demócratas. Más que la legalidad, es la humanidad lo que debe informar a nuestra conducta. La historia nos juzgará. Hemos de afrontar los acontecimientos.




viernes, 11 de noviembre de 2022

Para entender la guerra

Algunos libros sobre la Primera Guerra Mundial 


Fernando Rospigliosi

 

        El 11 de noviembre de 1918, hace 104 años, terminó oficialmente la Primera Guerra Mundial, la más espantosa conflagración que había vivido el mundo hasta ese momento, con un saldo de entre 20 y 37 millones de muertos, según diversas estimaciones.

        Sus secuelas cambiaron el mundo y fueron duraderas. Cayeron las monarquías en Alemania, Austria Hungría y Rusia. Se desintegró el imperio Austro Húngaro. La revolución rusa y la guerra civil que la siguió cobraron entre 6 y 10 millones de muertos y trajeron al mundo un nuevo y terriblemente opresor sistema político inventado por Lenin y sus secuaces, el totalitarismo. (Ver “El costo de la revolución rusa”, en este blog, 4/11/22).

        Para entender cómo se llegó a esta catástrofe evitable, es recomendable leer algunos libros. Aquí mi particular selección.

        Como se llegó a la guerra:

        - Los cañones de agosto. Treinta un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo. Bárbara W. Tuchman. (Se dice que este libro, publicado en 1962, era el que leía el presidente John F. Kennedy durante la crisis de los misiles en Cuba).

- 1914. De la paz a la guerra. Margaret MacMillan.

        La incubación, el período previo.

        - La torre del orgullo. 1890-1914. Unas semblanza del mundo antes de la Primera Guerra Mundial. Bárbara W. Tuchman.      

        Sobre la guerra.

        - 1914-1918 Historia de la Primera Guerra Mundial. David Stevenson. (Algunos expertos lo consideran el mejor libro sobre la PGM en un solo tomo. Incluye no solo los aspectos militares sino los diplomáticos, económicos, políticos, etc.).

        - La crisis mundial. 1911-1918. Winston Churchill. (Un testimonio de parte, obviamente, en el que trata de justificar sus propias decisiones. Pero igualmente interesantísimo, por ser un participante decisivo en el conflicto y un escritor extraordinario).

       

        Las consecuencias.

        Paris 1919. Seis meses que cambiaron el mundo. Margaret MacMillan. (Las negociaciones del Tratado de Versalles relatadas al detalle).

        Naturalmente la bibliografía es inmensa. Algunos particularmente interesantes sobre aspectos específicos: El telegrama Zimmermann, de Barbara W. Tuchman, relata el incidente que precipitó la entrada de los EEUU en la guerra, opción resistida hasta el final por el presidente Woodrow Wilson.



viernes, 4 de noviembre de 2022

El costo de la revolución rusa

 


A propósito de un libro de Antony Beevor

Fernando Rospigliosi

 

        Hace 105 años, el 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario antiguo vigente en ese momento en Rusia), los bolcheviques dieron un golpe y tomaron el poder en la caótica Petrogrado, entonces capital del imperio, derrocando al gobierno provisional de Aleksandr Kérenski, que había convocado a elecciones para una asamblea constituyente a fin de establecer un gobierno democrático.

        El su último libro Rusia: Revolución y guerra civil, 1917-1921 (Memoria Crítica, 2022), el historiador británico Antony Beevor, relata con su acostumbrada minuciosidad y penetrante análisis, los avatares de la feroz guerra civil, que junto con la hambruna y las epidemias conexas, causaron la muerte a entre seis y diez millones de personas.

Ese fue el costo que pagó el pueblo ruso para que una camarilla fanática, criminal y corrupta de bolcheviques comunistas se hiciera del poder, destruyendo la posibilidad de una transición a la democracia y estableciendo un régimen de terror que durante 74 años asesinó, torturó y encarceló a otras decenas de millones de personas.

En síntesis, los comunistas finalmente se impusieron en la guerra civil porque tenían un mando único, político y militar, muy centralizado. Y sus adversarios, los “blancos”, estaban dispersos y divididos. No solo no tenían un mando militar común, sino carecían de liderazgo político y, además de las rivalidades entre los diferentes caudillos, tenían programas completamente distintos. Algunos pretendían restaurar el zarismo –sin el zar que había sido asesinado junto con toda su familia-, otros una dictadura y había también los que querían retomar la asamblea constituyente aliándose con demócratas liberales e izquierdistas moderados. Tampoco les interesaba la independencia de las naciones (Finlandia, estados bálticos, Ucrania, el Cáucaso) ni la reforma agraria.

Las potencias aliadas que enviaron tropas para ayudar y abastecer a los blancos, pronto desistieron de su empeño, entre otras cosas por el hartazgo de sus soldados luego de participar los horrores de la Primera Guerra Mundial.

Otra ventaja de los comunistas era que ocupaban el centro de Rusia, lo que les permitía desplazar sus fuerzas a los frentes donde hicieran más falta, mientras los blancos estaban dispersos en Siberia, el Cáucaso, Crimea o Ucrania, sin siquiera comunicarse entre ellos.

La ineptitud y la corrupción fueron compartidas por ambos bandos, así como las matanzas contra civiles, con la diferencia de que el terror fue centralizado y ordenado desde la cúspide del bolchevismo.

Algunos extractos del libro de Beevor ilustran esta terrible historia.

 

Los bolchevique no quisieron evitar la guerra, al contrario, “Lenin, quería una guerra civil que destruyera a todos los opositores y rivales”.

 

El luego idolatrado escritor Maksim Gorki, predijo lo que ocurriría: “El 7 de noviembre, después del golpe de Estado bolchevique, Gorki dijo en su columna «Pensamientos inoportunos», del Nóvaya Zhizn: «Ahora la clase trabajadora debería saber que en la vida real no se producen milagros; que tienen que prever que habrá hambre, un desorden total en la industria, problemas en los transportes y una anarquía sangrienta y prolongada a la que seguirá una reacción no menos sangrienta y cruda. Aquí es donde conduce al proletariado su líder actual, y debe entenderse que Lenin no es un mago omnipotente, sino un timador despiadado que no respetará ni el honor ni la vida del proletariado».”

 

Desde el principio los bolcheviques y sus partidarios perpetraron atrocidades: “Los obreros industriales de la vecina Taganrog rodearon a cincuenta cadetes de yúnker que, después de haberse acordado que les perdonarían la vida, se rindieron. Pero se los llevaron a una fábrica metalúrgica, les ataron los pies y las manos y los fueron arrojando uno por uno a un alto horno.”

 

“…los marinos de Kronstadt querían sangre y lo asaltaron. Arrastraron a Dujonin [el último jefe del ejército zarista] hasta el andén, le dieron de palos, lo desvistieron, «lo clavaron y levantaron con las bayonetas» y por último mutilaron el cadáver desnudo.”

 

Como en todas las revoluciones populares: “En el lugar de los altos cargos que habían servido al régimen zarista se colocó a jóvenes arribistas y extraños caracterizados sobre todo por la ambición, que a menudo eran incultos e ignorantes. Lenin había previsto problemas a este respecto, pero incluso él quedó atónito por el caos y la corrupción resultantes.”

 

El terror no fue casual: “Lenin pronunció una declaración de guerra que difícilmente habría podido ser más meridiana: «¡Guerra a muerte contra los ricos y sus parásitos, los intelectuales burgueses!». Cuando Lenin los deshumaniza tildándolos de «piojos», «pulgas», «chinches», «alimañas», etcétera, en la práctica quiere provocar un genocidio de clase.”

 

La Checa, la policía política con poderes ilimitados, se enorgullecía de sus crímenes y publicaba poesías: “No hay gozo mayor, ni mejor música que el crujido de las vidas y los huesos rotos. Por eso yo, cuando los ojos languidecen y la pasión empieza a bullir tormentosa en el pecho, quiero escribir en tu sentencia palabras sin temblor: «¡Contra la pared! ¡Fuego!».”

 

“Lenin era consciente de que la Checa también iba a atraer a criminales, asesinos y psicópatas.”

 

“Un mes más tarde [enero 1918] Lenin autorizó a la Checa a torturar y asesinar, sin juicio ni supervisión judicial. Cuando las causas se acumularon, a los chequistas les resultó más rápido y más fácil condenar a muerte a todos los prisioneros que investigar en todos los asuntos abiertos.”

 

“Los métodos de tortura a los que recurrían [la Checa] solo pueden calificarse de medievales. A la gente le “quitaban los guantes”, es decir, le arrancaban la piel de las manos después de sumergírselas en agua hirviendo; se hacían cinturones con las tiras de piel que les arrancaban de la espalda; rompían los huesos, torturaban con fuego.”

 

“Los marinos de Kronstadt ataban a sus víctimas con alambre de espino antes de hundir las barcazas en las que habían encerrado a los condenados. Con el tiempo los cadáveres aparecían en las playas de Finlandia. (…) El 14 de enero marinos bolcheviques de la Flota del Mar Negro mataron a unas 300 víctimas en Yevpatoria: las lanzaron al mar desde el vapor Romania, después de haberles roto los brazos y las piernas.”

 

“Otras se unieron al harén de los jóvenes comisarios, que celebraban orgías de cocaína en los grandes palacios dorados de San Petersburgo, (…) Durante las pausas de la masacre, los guardias Rojos de Muraviov emprendieron un frenesí de robos—bendecidos por el lema leninista de «Saquead a los saqueadores»—que demasiado a menudo degeneró también en asesinatos y violaciones.”

 

“Un destacamento Rojo llegó al stanitsa cosaco de Gúndorovskaya y, creyendo que podía actuar con toda impunidad, se dedicó a saquear, violar a las niñas y las mujeres, e incendiar las tiendas y las casas más grandes.”

 

Los enemigos de los bolcheviques no se quedaban atrás: “Las escenas de violación y asesinato que se vivieron durante el saqueo de Bakú fueron atroces. «Los turcos y los tártaros entraron en la ciudad indefensa. (…) Los cálculos del total de personas masacradas varían mucho, entre 5.000 y 20.000, pero lo más probable es que la cifra real estuviera cerca de los 7.000.”

 

Atentados de anarquistas y socialistas de izquierda contra líderes bolcheviques suscitaron feroces represalias: “En Petrogrado la Checa ejecutó de inmediato a quinientos rehenes como venganza ciega por el asesinato de su jefe. (…) los asesinatos perpetrados en Kronstadt y en la Fortaleza de Pedro y Pablo costaron la vida a 1.300 represaliados.”

 

Los bolcheviques fueron maestros de los nazis: “En un anticipo de lo que, al cabo de algo menos de veinticinco años, harían en Rusia los escuadrones de la muerte nazis, la Checa obligó a los prisioneros a desnudarse por completo, para reutilizar sus ropas. Luego hacía que se arrodillaran en los sótanos, o ante las fosas abiertas, de modo que los verdugos solo tenían que levantar sus pesadas pistolas Máuser con culatín de madera para dispararles en la nuca.”

 

“En 1918, los líderes comunistas habían justificado el uso del terror como arma necesaria para obtener el poder en la guerra civil; pero su manifestación más horrenda siguió a la hora de la victoria absoluta. En un anticipo de las prácticas que los Einsatzgruppen de la SS perpetrarían durante la invasión de la Unión Soviética, veinte años más tarde, a algunas víctimas no se las obligó solo a cavar las fosas comunes, sino también a desnudarse y meterse en la fosa para la ejecución. A la tanda siguiente la obligaban a estirarse sobre los muertos para matarlos allí mismo. Algunos no habían llegado a morir cuando la fosa se cubría de tierra. Cuando se produjo la invasión nazi de la Unión Soviética, dos décadas más tarde, parece ser que la Gestapo y la SS de Himmler no habían aprendido poco de los métodos de la Checa.”

 

Los obreros que habían apoyado a los bolchevique no se salvaron: “Durante el mismo mes de marzo [de 1919], hubo protestas en la fábrica de Putílov, en Petrogrado, otro bastión bolchevique; la reacción de la Checa, a instancias de Lenin, fue asimismo salvaje, con 900 detenidos y 200 fusilados.”

 

Como ha sucedido muchas veces en la historia, se ensañaron con los judíos: “Se ha calculado que en Ucrania, durante la guerra civil, se perpetraron cerca de 1.300 pogromos antisemitas, por parte de los dos bandos, que causaron la muerte de entre 50.000 y 60.000 judíos. (…) En total, un informe soviético de 1920 recogía las cifras de 150.000 muertos y un número similar de judíos heridos de gravedad.”

 

        Todo este espantoso sufrimiento, para satisfacer las ansias de poder y destrucción de Lenin, Trotsky, Stalin y sus secuaces.

        En suma, otro excelente libro de Antony Beevor, quizá el mayor experto en la Segunda Guerra Mundial, que antes también había publicado un libro sobre la guerra civil española.