martes, 5 de julio de 2022

El golpe que no fue



El golpe que no fue

Fernando Rospigliosi

 

En setiembre de 1938 un grupo de altos mandos militares planeó un golpe para derrocar a Adolfo Hitler. Ellos se dieron cuenta que iba a conducir a Alemania a una nueva guerra y sabían que la perderían (eran profesionales de la guerra). Fracasaron.

Como en todo golpe, había algunos decididos, otros vacilantes y la mayoría expectante para sumarse al carro del vencedor.

Hitler siguió en el poder y, como varios habían previsto, condujo a Alemania a una conflagración devastadora. Cincuenta o sesenta millones de personas perecieron en la Segunda Guerra Mundial (SGM), entre ellos 7.5 millones de alemanes. Seis millones de judíos fueron asesinados. El país fue destruido, perdió la tercera parte de su territorio y, de lo quedó, la mitad fue sometida a una brutal ocupación y dictadura comunista –Alemania Oriental- que duró desde 1945 hasta 1989.

        Otra habría sido la historia si ese golpe triunfaba. Los militares que querían derrocar a Hitler no lo hacían por adhesión a la democracia sino por patriotismo, para salvar a su país de la destrucción.

        Uno de los principales inspiradores del golpe fue el general Ludwig Beck, que era Jefe del Estado Mayor del Ejército desde 1935. Cuando Hitler informó al alto mando que iba a invadir Checoeslovaquia con el pretexto de recuperar los Sudetes (región con población alemana), Beck trató de disuadirlo. Como no lo logró y la decisión de la invasión –que supuestamente ocasionaría la guerra con el Reino Unido y Francia- se mantenía, Beck renunció el 18 de agosto de 1938. Luego intentó persuadir a los mandos del Ejército para derrocar a Hitler.

        Consiguió que su reemplazante, el general Franz Halder, participara en la conspiración junto con otros mandos, como el general Erwin von Witzleben y el coronel Hans Oster, segundo de la Abwehr, el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas.

El Comandante General del Ejército, Walther von Brauchitsch –ocupaba el cargo desde enero de 1938-, era uno de los que no se comprometía y esperaba el resultado. Dijo: “Yo no haré nada, pero no impediré que otros actúen, son asuntos políticos no militares.”

        El golpe se iba a producir cuando Hitler diera la orden de invasión. Pero esa orden nunca llegó.

El primer ministro británico Neville Chamberlain, dispuesto a todo para evitar la guerra y con la equivocada creencia que lo lograría cediendo ante Hitler (ver mi post “Falsificación histórica. La película ´Múnich en vísperas de una guerra´.”, 29/1/22), viajó a Alemania dos veces a entrevistarse con Hitler y, al final, con la colaboración de Benito Mussolini, logró el Acuerdo de Múnich, el 30 de setiembre de 1938, en que se entregaban los Sudetes a Alemania, sin siquiera consultarle a Checoeslovaquia.

Al no producirse la invasión, el golpe se desmontó. Y la anunciada tragedia siguió su curso.

Un año después, a mediados de agosto de 1939, cuando Hitler había decidido invadir Polonia, Halder trató nuevamente, junto con Beck, de derrocar a Hitler. Esta vez Brauchitsch se opuso. Y el 1 de setiembre se produjo la invasión, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial.

El general Beck participó en varios complots contra Hitler en los años siguientes, hasta el último, el 20 de julio de 1944, cuando se salvó milagrosamente de la explosión de una bomba en la Guarida del Lobo. Al día siguiente Beck fue obligado a suicidarse, miles de militares y civiles fueron detenidos y asesinados o enviados a campos de concentración.

Brauchitsch, que fue uno de los generales sobornados con decenas de miles de marcos por Hitler, fue forzado a renunciar el 19 de diciembre de 1941, cuando la ofensiva alemana sobre Moscú fue detenida. Hitler asumió la Comandancia General del Ejército propiciando nuevas derrotas.

Este es un ejemplo conocido de un golpe frustrado que, de haber tenido éxito, probablemente hubiera evitado el desastre de la SGM (ver mi artículo en La República, “La Guerra que nadie quería”, 1/9/13. Como ya no está en la web de La República, lo he reproducido en mi blog http://huevosdeesturion.blogspot.com/).

Hay otros ejemplos, menos divulgados y recordados, que muestran lo mismo. En ciertas circunstancias, un golpe, normalmente indeseable, puede ser la única alternativa viable para evitar una catástrofe y reencauzar a un país antes que se produzca la hecatombe.

Pero muchas veces no se producen, por la funesta indecisión de quienes pueden hacerlo, y la corrupción y el acomodo de otros.


El general Ludwig Beck

La guerra que nadie quería


 

CONTROVERSIAS

 

Fernando Rospigliosi

 

La guerra que nadie quería


La República, 1 de setiembre de 2013

 

        Un día como hoy, 1 de setiembre, hace 74 años, empezó la Segunda Guerra Mundial (SGM), la mayor matanza en la historia de la humanidad. Murieron unos sesenta millones de personas y muchos más sobrellevaron terribles padecimientos. (Anthony Beevor, “La Segunda Guerra Mundial”).

Lo paradójico es que nadie quería esa guerra, ni los pueblos, ni los políticos, ni los militares de ningún país, salvo Adolfo Hitler y un puñado de sus seguidores.

        No siempre fue así. La Primera Guerra Mundial (PGM), por ejemplo, empezó con manifestaciones de auténtico fervor patriótico en Alemania -país que la propició-, Austria -que la inició-, Francia y otros lugares. Por ejemplo, el embajador británico en Austria informaba que ese país “se ha vuelto loco de alegría ante la perspectiva de la guerra”. (Martín Gilbert, “La Primera Guerra Mundial”).

        Pero luego de la espantosa masacre -murieron 9 millones de soldados y 5 millones de civiles- a nadie le quedaban ganas de embarcarse en una nueva contienda que se sabía, sería peor que la anterior. A nadie, salvo a Adolfo Hitler y a los más fanáticos y obtusos de sus acólitos.

 

Aprovechando el miedo

 

        Hitler utilizaba el miedo a la guerra que embargaba a los pueblos, los gobiernos y los militares de todo el mundo. “Lo que más horrorizaba a británicos y franceses era la idea de que pudiera estallar otra guerra en Europa.” (Beevor).

Entre 1936 y 1939, Hitler desconoció el tratado de Versalles, inició el rearme alemán y engulló a Austria y Checoslovaquia, amedrentando y engañando a todo el mundo. Esos triunfos lo convencieron que podía hacer lo que le viniera en gana sin que los otros reaccionaran. Se equivocó.

        Su siguiente presa era Polonia. Inglaterra y Francia esta vez se plantaron firmes y dijeron públicamente que si Hitler invadía Polonia le declararían la guerra.

Hitler cometió un error fatal y no les creyó. Como anota Beevor, se equivocó con Inglaterra que desde el siglo XVIII seguía la misma política, no permitir que una sola potencia se adueñe de Europa continental.

        La madrugada del 1 de setiembre la Wehrmacht invadió Polonia. Ese día el traductor de Hitler, Paul Schmidt le leyó el ultimátum británico: si no se retiraban de Polonia inmediatamente, le declararían la guerra. Cuando Schmidt salió, se encontró con otros jerarcas nazis y les informó. “Goering se volvió hacia mí: ´Si perdemos esta guerra -dijo- que Dios se apiade de nosotros´. Goebbels permanecía completamente solo en un rincón abatido y absorto en sus propios pensamientos.” (William Shirer, “Auge y caída del Tercer Reich”, vol. I).

        Hasta los jerarcas nazis más cercanos a Hitler –salvo Ribbentrop-, eran reacios a entrar en la guerra.

 

Ni el pueblo ni los militares

 

        Shirer, que en esa época era corresponsal norteamericano en Berlín, dice que el 1 de setiembre “después de pasearme  por Berlín y hablar con el hombre de la calle, anoté aquella mañana en mi diario: ´Todo el mundo está contra la guerra. Las gentes hablan abiertamente. ¿Cómo un país puede lanzarse a una guerra con una población tan hostil a la idea de combatir?´.”

        La respuesta, según Ian Kershaw, en su excelente biografía de Hitler, es que no importaba que los alemanes no quisiesen la guerra. “Los ciudadanos ordinarios,  fuesen cuales fuesen sus temores, no tenían poder para influir en el curso de los acontecimientos.” Simplemente “decidió Hitler” que había sometido no solo al pueblo sino a las élites, incluyendo la militar. (“Hitler”, vol. II)

        La gran mayoría de los militares evaluaba que si entraban a la guerra la perderían. El general Heinz Guderian, propulsor y jefe del arma acorazada, rememora  “No entramos en la guerra alegremente. Ningún general la hubiera aconsejado”. (“Recuerdos de un soldado”).

        Pero desde 1938, Hitler había sometido al alto mando, expulsando a los que eran capaces de enfrentarlo y ocupando él mismo el cargo de ministro de Defensa.

 

Megalómano

 

        Una de las principales razones que llevaron a Hitler a iniciar la guerra en 1939 fue su megalomanía. Él se creía predestinado a imponer el dominio alemán en el mundo y además se consideraba un genio militar. Lo dijo muchas veces. El embajador británico Neville Henderson, enviado apresuradamente al refugio del Führer en Berchtesgaden para tratar de evitar el conflicto una semana antes del inicio de la guerra, el 24 de agosto, informó a su ministerio que Hitler le dijo que “él tenía cincuenta años (...) y prefería hacer la guerra ahora antes que a los cincuenta y cinco o sesenta”. (Shirer).

        Kershaw relata que dijo algo parecido el 22 de agosto en Berchtesgaden, donde reunió al alto mando de las fuerzas armadas, medio centenar de oficiales, y les informó de su decisión de declarar la guerra. Un argumento central fue que “todo depende básicamente de mi, de mi existencia, debido a mis dotes políticas”. Tenía que iniciar la guerra antes de que enfermara o muriera.

        La lección es sencilla: un demente con poder absoluto, sin controles, puede desatar una catástrofe de proporciones inimaginables.

martes, 28 de junio de 2022

El doble estándar norteamericano

 

El doble estándar norteamericano

Como los Estados Unidos ayudan a sus enemigos: una crítica de Jeane Kirkpatrick y Henry Kissinger

Fernando Rospigliosi

 

        Hace poco, el 6 de junio, fue detenido en Argentina un avión de una línea aérea venezolana, Emtrasur, y la fiscalía imputó al piloto iraní Gholamreza Ghasemi, miembro de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica (organización considerada terrorista) y a la tripulación -5 iraníes y 14 venezolanos- por su vinculación con el terrorismo. En realidad, todo indica que el avión pertenece a la iraní Qeshm Fars Air, que vuela a veces con la cobertura de otra empresa venezolana. En la nave aérea viajaba un número desusado de supuestos tripulantes que se presume vinculados a actividades terroristas. (https://www.sandiegouniontribune.com/en-espanol/noticias/story/2022-06-21/argentina-fiscal-imputa-a-piloto-irani-de-avion-venezolano; https://www.infobae.com/america/mundo/2022/06/22/escandalo-del-avion-venezolano-irani-en-argentina-el-piloto-tenia-en-su-celular-fotos-de-tanques-y-misiles/).

        El asunto es muy sensible en Argentina, porque como se sabe, los iraníes fueron los responsables de los monstruosos atentados contra la AMIA y la embajada de Israel en Buenos Aires. El 17 de marzo de 1992 un ataque a la embajada causó 22 muertos y 242 heridos. Y el 18 de julio de 1994 un coche bomba en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) mató a 85 personas e hirió a 300. Los atentados quedaron impunes con la complicidad de sucesivos gobiernos.

        Utilizando sus muy estrechas relaciones con la dictadura de Nicolás Maduro y con otros gobiernos afines, los iraníes están intensificando su penetración en el continente.

        Los iraníes siguen cometiendo atentados en todo el mundo. Hace pocos días, la policía turca detuvo a varios sicarios que pensaban secuestrar y asesinar a turistas israelíes en ese país. (https://elpais.com/internacional/2022-06-23/turquia-desarticula-una-red-irani-que-planeaba-atentar-contra-israelies-en-estambul.html)

        Pero lo peor es que la teocracia iraní avanza inexorablemente en su propósito de construir armas atómicas y tiene la declarada intención de borrar del mapa al Estado de Israel y a todos sus habitantes.

        Una cosa que no se suele recordar ahora, es como ese grupo de enloquecidos fanáticos se hizo del gobierno de un país rico en petróleo y con una tradición cultural milenaria que iluminó a toda esa región durante siglos.

        Lo hicieron gracias a la ayuda del gobierno de los Estados Unidos, que socavó y ayudó a derribar al gobierno del Shah de Irán, Reza Pahlevi, un régimen corrupto y represivo -como hay muchísimos en el mundo entero- pero que era un aliado de los EEUU y eventualmente podía evolucionar, para ser reemplazado por un régimen totalitario, mil veces más represivo y corrupto que el anterior, y que es ahora un peligro para el mundo entero, incluyendo Latinoamérica.

        ¿Cómo los EEUU cometieron un desatino tan colosal? La académica y diplomática Jeane Kirkpatrick, profesora de la Universidad de Georgetown y embajadora de los EEUU en la ONU, lo explicó magistralmente en un artículo publicado pocos meses después de la caída del Shah: “Dictatorships and Double Standards” en la revista Commentary (noviembre 1979). Allí la autora subraya que “no hay duda de que los Estados Unidos ayudaron a la salida del Shah”.

        Con gran perspicacia Kirkpatrick, pocos meses después del derrocamiento del Shah (enero 1979) y de Anastasio Somoza en Nicaragua (julio de 1979), analiza y critica la política de su país que ayuda a sus enemigos y socava a sus aliados -que pueden ser desagradables e incluso repugnantes-, para que los reemplacen regímenes mucho peores, en todo sentido. Y recuerda que antes han hecho lo mismo en los casos de China y Cuba.

 

“Pero una vez que opositores violentos lanzaron una ofensiva, todo cambió. La aparición de una oposición seria y violenta en Irán y Nicaragua puso en movimiento una sucesión de hechos que mostraban sugestivas similitudes entre ambos, además de un parecido sugerente con nuestra conducta en China antes de la caída de Chiang Kai-shek, en Cuba antes del triunfo de Castro (…) En cada uno de estos países, el esfuerzo norteamericano por imponer la liberalización y la democratización a un gobierno enfrentado a una violenta oposición interna no sólo falló, sino que en realidad ayudó a la toma del poder por nuevos regímenes bajo los cuales las personas comunes gozan de menos libertades y menos seguridad personal que bajo las autocracias anteriores; más aún, regímenes hostiles a los intereses y políticas norteamericanos.”

 

       

Aquí la autora señala otra de las características de esta política, la bienintencionada abstracción de pretender que un sistema político como el norteamericano puede ser exportado e impuesto rápidamente en sociedades que tienen una historia y una cultura diferentes. El resultado es casi siempre el mismo, lo que en realidad resulta es que los partidarios del totalitarismo se aprovechan del debilitamiento de los gobiernos para imponerse y aplastar toda posibilidad de resistencia.

Kirkpatrick añade otro elemento importante que se deriva de esta política equivocada: los amigos se dan cuenta que no se puede confiar en los EEUU.

 

“En cualquier caso, los Estados Unidos, por su propia falta de comprensión de la situación, habrán sido llevados a ayudar activamente a derrocar a un amigo y aliado de otro tiempo y a instalar un gobierno hostil a los intereses y políticas norteamericanos en el mundo. (…) Y en todas partes nuestros amigos se habrán dado cuenta que no se puede contar con Estados Unidos en tiempos difíciles, y nuestros enemigos habrán notado que el apoyo norteamericano no proporciona ninguna seguridad frente al avance de la historia.”

 

        La autora remarca que no era inevitable que esos gobiernos aliados cayeran, sino que luego que hubieron derrotado a sus violentos opositores, la acción de los EEUU fue decisiva para derribarlos.

 

“Después que el régimen de Somoza derrotara la primera ola de violencia sandinista, los Estados Unidos terminaron con la ayuda, impusieron sanciones y dieron otros pasos que minaron el status y la credibilidad del gobierno en los asuntos domésticos y extranjeros. (…) el Departamento de Estado norteamericano designó un nuevo embajador, quien rehusó presentar sus credenciales a Somoza, a pesar de que éste era aún jefe de Estado, y propuso reemplazar al gobierno por "un gobierno provisional de base amplia que incluiría representantes de las guerrillas sandinistas".”

 

Ella insiste en que, en la base del problema, está la errada creencia de los liberales norteamericanos (izquierdistas o caviares se les denomina hoy), que se puede obligar a otras sociedades a adoptar un sistema político que ellos creen el mejor.

 

“no hay una idea que domine tanto en la mente de los norteamericanos educados como la creencia de que es posible democratizar los gobiernos en cualquier tiempo, lugar o circunstancia. Esta noción está desmentida por gran cantidad de evidencia basada en la experiencia de docenas de países que han intentado con más o menos (generalmente menos) éxito cambiar de un gobierno autocrático a uno democrático.”

 

Cegados por su ideología, minaron y debilitaron a las dictaduras aliadas a pesar que era evidente que sus sueños serían irrealizables y que los beneficiarios de esa política suicida serían los peores enemigos de la democracia y de los EEUU.

 

“Ni en Nicaragua ni en Irán se dieron cuenta que el único resultado probable de un esfuerzo para reemplazar a un autócrata por uno de sus críticos moderados o por una "coalición de amplia participación", será la destrucción de los fundamentos del régimen existente, sin que esto lleve a la nación más cerca de la democracia. Y, sin embargo, este resultado era absolutamente predecible.”

 

Y luego esboza lo que sería una teoría que tuvo importancia en los años siguientes: la diferencia entre gobiernos autoritarios, que eventualmente pueden evolucionar hacia una democratización y los totalitarios, que no cambian y que solo terminan cuando son derribados.

 

“las autocracias de derecha algunas veces evolucionan efectivamente en democracias, si se dan el tiempo, las circunstancias económicas, sociales y políticas propicias, líderes talentosos, y una fuerte demanda de los ciudadanos por un gobierno representativo.”

 

     Lo peor de todo es algunos políticos norteamericanos no aprendieron la lección y han seguido cometiendo similares errores. Por ejemplo, invadieron con argumentos falsos Irak en 2003 –armas de destrucción masiva- y derribaron al régimen corrupto y represivo de Sadam Hussein, que era un contrapeso en esa región a la teocracia iraní (sostuvieron una desgastadora guerra entre 1980 y 1988).

     El resultado es que después de cientos de miles de muertos irakíes, y decenas de miles de millones de dólares gastados, Irak vive en el caos, con gobiernos débiles y favorables a la teocracia iraní que tiene ahora una gran influencia en ese país.

     En América Latina, como también observó Kirkpatrick, fueron decisivos en derribar al gobierno corrupto y represivo de Anastasio Somoza, un aliado de los EEUU, para instalar a un gobierno más corrupto y más represivo, el de Daniel Ortega, un enemigo de los EEUU, el mismo que sigue en el poder hoy –después de un breve interregno democrático-, 43 años después que los norteamericanos lo ayudaron a llegar ahí.

     ¿Se ha renovado la política norteamericana en Latinoamérica? Todo indica que no. Siguen siendo complacientes con sus enemigos y es probable que de opongan a cualquier intento de desalojarlos.

     Lo que Kirkpatrick señala como el doble estándar de la política norteamericana, es que son muy severos con sus aliados cuando no cumplen las reglas de los que ellos creen que es un buen gobierno, y hacen lo posible por derribarlos si es que aparece una oposición violenta. Y son muchas veces blandos y complacientes con sus enemigos, a los cuales sí les reconocen el derecho a hacer lo que les da la gana en sus países.

 

        “Los principios de autodeterminación y de no intervención son aplicados selectivamente. Parecemos aceptar el statu quo en las naciones comunistas (en nombre de la "diversidad" y autonomía nacional), pero no en naciones gobernadas por dictadores de "derecha".”

 

 

     Más de medio siglo después del premonitorio análisis de Kirkpatrick, Henry Kissinger, otro académico y diplomático, coincide en su último libro “Orden Mundial” (2015), en que los EEUU fueron decisivos en la caída del Shah de Irán, aunque utiliza un lenguaje más suave:

 

        “Irónicamente, la llegada de los ayatolás al poder fue favorecida en sus últimas etapas por la disociación de Estados Unidos del régimen existente, en la errónea creencia de que el cambio que se avecinaba aceleraría el advenimiento de la democracia y fortalecería los lazos con Irán.”

 

     Kissinger critica también ese doble estándar en la política exterior norteamericana y propone volver a los principios westfalianos (refiriéndose a la paz de Westfalia, 1648). Lo que él sugiere es la adopción de una política procedimental de reconocimiento de los estados y la no injerencia en sus asuntos internos:

 

“La Paz de Westfalia reflejó una adaptación práctica a la realidad, no una visión moral única. Se basaba en un sistema de estados independientes que se abstuvieran de interferir en los asuntos internos ajenos y controlaran mutuamente sus ambiciones a través de un equilibrio general del poder.”

(…)

“La genialidad de este sistema, y la razón de que se extendiera por todo el mundo, era que sus disposiciones eran procedimentales, no sustanciales. Si un Estado aceptaba estos requerimientos básicos podía ser reconocido como un órgano internacional capaz de mantener su propia cultura, política, religión y políticas internas, y protegido de cualquier intervención externa por el sistema internacional.”

(…)

        “La relevancia universal del sistema westfaliano derivaba de su naturaleza procedimental: vale decir, neutral. Sus reglas eran accesibles a cualquier país: no injerencia en los asuntos internos de otros estados; inviolabilidad de las fronteras; soberanía de los estados; mantenimiento del derecho internacional.”

 

        En síntesis, es importante recordar hoy algunas de las consecuencias de este doble estándar de la política norteamericana, aplicada sobre todo por los gobiernos demócratas aunque no solo por ellos. Las fundamentadas críticas de esos brillantes académicos y diplomáticos –Kirkpatrick y Kissinger-, parecen no haber tenido la influencia que merecían entre los decisores de ese país.

Lo que sí es evidente ahora es que el mundo ha cambiado y que hay otros países que son más proclives a adherir a los principios westfalianos.

 

 








domingo, 5 de junio de 2022

El colapso de la minería

 

El colapso de la minería

Fernando Rospigliosi

 

     


  
El incendio y destrucción del campamento minero de los Chancas, y el último asalto a Las Bambas son dos nuevas evidencias de la crisis que está hundiendo al motor de la economía peruana, la minería, crisis provocada e incentivada por el gobierno. El daño que están produciendo es cada vez más profundo y duradero. Cada día que pasa se ahondan los conflictos que serán muy difíciles de resolver en el futuro. Y a un costo altísimo.

        Es decir, cuando se eche a la gavilla de delincuentes que ha asaltado el gobierno, no se volverá simplemente a la situación anterior empezando desde cero. Los grupos de extorsionadores e ilegales que han realizado las incursiones mencionadas son cada día más fuertes, atraen cada día a más seguidores, y predican con el ejemplo a muchísimos otros que en todo el país observan sus acciones con atención.

        Todos aprenden las lecciones rápidamente. Primero, la impunidad. Pueden hacer lo que les da la gana, violar todas las leyes, y no les va a pasar nada. Antes bloqueaban carreteras y algunas veces eran desalojados. Ahora no solo cierran los caminos sino que asaltan y destruyen instalaciones. Y tampoco les pasa nada.

        Esto no empezó ayer. Como se recuerda, el gran avance, el salto cualitativo –para usar el concepto que gusta a los marxistas-, lo dieron cuando fueron apoyados públicamente –después de destruir varios campamentos mineros- por la entonces premier Mirtha Vásquez, la anti minera que llegó a ese cargo promovida y respaldada por todos los caviares y por los medios de comunicación que controlan, e incluso por un sector empresarial estúpidamente crédulo, que apuesta siempre a acomodarse con cualquier gobierno. Ellos compartían la estrategia que, según Héctor Béjar, había estrenado en los primeros días la embajada norteamericana de “humalizar” al gobierno.

        En segundo lugar, aprenden que pueden ganar mucho con la violencia. En el caso de los Chancas, se trata de mineros ilegales que operan en terrenos de la mina. Es un negocio rentable. No tienen que comprar las tierras, no tienen que obtener los innumerables y engorrosos permisos que demoran años, no respetan el medio ambiente y contaminan sin medida ni clemencia (sin ser perseguidos y atacados por las ONG ambientalistas de los caviares) y, por supuesto, no pagan impuestos. Daños colaterales son el trabajo infantil, la trata de personas, etc. que van a asociados a ese tipo de actividades.

        En las Bambas, además de la extorsión a la empresa, que es el negocio principal, también están robando mineral.

        Los que han participado en estos ataques, y los otros que se han sucedido en estos diez meses trágicos, a minas grandes y pequeñas, se fortalecen cada día, reclutan a más y más seguidores, y se vuelven más violentos y arrogantes. Cuando se instale en el Perú un gobierno razonable, será muy difícil reestablecer el orden.

        Además de los cientos de millones que no ha cobrado el Estado en impuestos por la disminución de la producción, de los miles de empleos que se están perdiendo, el daño reputacional es inconmensurable. Nadie en su sano juicio invertirá en el futuro los enormes capitales que se requiere para poner en operación minas como Las Bambas (diez mil millones de dólares) o los Chancas (tres mil millones de dólares) en un país que no garantiza nada.

        Y cuyo gobierno, a través de la bancada oficialista en el Congreso, pretende desconocer los contratos y estatizar Las Bambas con una ley.

        En suma, la violencia anti minera va creciendo descontroladamente, tolerada y alentada por el gobierno. Cada día que pasa, el costo de recuperar la legalidad se hace más alto.

        Mientras tanto, las instituciones que podrían y deberían evitarlo, duermen. O se acomodan. La defensa del Perú no parece ser una de sus prioridades.

Publicado en El Reporte 5/6/22

domingo, 6 de febrero de 2022

El regreso del comunismo

 España nuevamente en manos de los herederos de los que en 1936 condujeron al país a la guerra civil y al desastre. Federico Jiménez Losantos detalla todos los despropósitos del gobierno de socialistas y comunistas que están arruinando la democracia trabajosamente recuperada. Por fortuna España está en Europa y la UE es un freno a que se convierta en otra Venezuela.



El golpe democrático

 El golpe democrático

Fernando Rospigliosi

 

        El académico turco radicado en Estados Unidos Ozan Varol, publicó en la revista jurídica de la Universidad de Harvard un interesante artículo titulado “The Democratic Coup d’État”, El Golpe de Estado Democrático, (Harvard International Law Journal, Vol. 53, No. 2, 2012).

        La tesis principal es que no todos los golpes de Estado son iguales y, aunque muchos son perpetrados por militares ávidos de poder que pretenden perpetuarse indefinidamente, otros buscan reestablecer la democracia. Así:

        La visión convencional, que considera que todos los golpes de Estado son una amenaza para la democracia y la estabilidad, debería reemplazarse por un enfoque más matizado para evaluar su conveniencia que tenga en cuenta los golpes de Estado que producen regímenes democráticos.”

        El autor señala que “según un estudio empírico reciente, en la era posterior a la Guerra Fría, el setenta y cuatro por ciento de los golpes de Estado fueron seguidos por elecciones democráticas en un plazo de cinco años”, aunque precisa que no todos esos golpes encajan en su teoría sobre el golpe democrático. Más bien Varol reconoce que “el golpe democrático es la excepción, no la norma”.

        El autor analiza específicamente tres casos que ejemplifican su teoría, los golpes de Turquía en 1960, Portugal en 1974 y Egipto en 2011. En función de esas –y otras experiencias- Varol concluye que:

aunque todos los golpes militares tienen características antidemocráticas, algunos son claramente más promotores de la democracia que otros porque responden a la oposición popular contra regímenes autoritarios o totalitarios, derrocan esos regímenes y facilitan elecciones libres y justas. Después de un golpe democrático, los militares gobiernan temporalmente la nación como parte de un gobierno interino hasta que se lleven a cabo elecciones democráticas.”

 

        Y luego precisa:

        Propongo que, aunque todos los golpes de Estado tienen rasgos antidemocráticos en la medida en que colocan a los militares en el poder por la fuerza o la amenaza de la fuerza, algunos golpes militares promueven claramente más la democracia que otros. En estos golpes de Estado, los militares responden a la oposición popular contra un régimen autoritario o totalitario, derrocan a ese régimen y facilitan elecciones justas y libres en un corto espacio de tiempo. Aunque los líderes militares, al igual que los civiles, pueden abusar de sus poderes y han abusado de ellos, existen ejemplos de golpes de Estado militares que han logrado la transición de regímenes autoritarios a democracias.”

 

        Para que corresponda a la definición del autor, la consecuencia debe ser que se posibilita la elección democrática del nuevo gobierno:

“Los militares luego entregan el poder a los líderes seleccionados por el pueblo, independientemente de sus identidades y de si sus preferencias políticas están o no en línea con las de los militares.”

        La explicación del comportamiento de los militares en estos casos, según Varol, se explica por:

“el ejército como institución, representada por sus líderes, tiene dos intereses. Primero, el ejército desea preservar y promover su posición privilegiada en la sociedad. Los militares en naciones como Egipto y Turquía disfrutan de muchos privilegios económicos y sociales y es de su propio interés proteger esos privilegios. En segundo lugar, las fuerzas armadas tienen interés en preservar la estabilidad intraestatal. Un régimen inestable es una distracción para las fuerzas armadas y distrae la atención de las fuerzas armadas de su tarea principal, que es defender a la nación de las amenazas externas. Estos dos intereses operan desde el inicio de un golpe democrático hasta su finalización.”

 

        Usualmente el interés principal de los militares es lograr la estabilidad:

“Los militares podrían dar un golpe de estado y tomar el poder del régimen autoritario y supervisar un proceso de transición que culmine con la transferencia del poder al pueblo. Esa opción posibilitaría a los militares permitir el establecimiento de un régimen más estable, emerger a los ojos del pueblo como una institución estatal creíble y preservar sus propios intereses durante un proceso de transición que controlan los propios líderes militares. (…) Sin embargo, tenga en cuenta que el propósito principal de los militares en un golpe democrático no es la promoción de la democracia. Es la preservación de la estabilidad. El establecimiento de un régimen democrático constituye el medio con el que los militares logran el resultado final de la estabilidad intraestatal”.

 

        En suma, una interesante teoría que se aparta de los moldes tradicionales.

El Reporte, 6/2/22