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jueves, 8 de junio de 2023

Liderazgo fuerte

 CONTROVERSIAS

Fernando Rospigliosi

        Para salir adelante en situaciones críticas, las naciones requieren liderazgos fuertes. El historiador británico Ian Kershaw analiza en un reciente libro el desempeño de una docena de líderes europeos, incluyendo no solo a los constructores sino también a los nefastos como Lenin, Stalin y Adolfo Hitler. (“Personalidad y poder: Forjadores y destructores de la Europa moderna”, 2022).

        Entre los líderes democráticos estudiados por Kershaw, están Winston Churchill, Charles de Gaulle, Konrad Adenauer, Margaret Thatcher y Helmut Kohl. Todos ellos tienen como característica común haber ejercido un liderazgo férreo en momentos decisivos para sus países.

        Son conocidos los liderazgos enérgicos de Winston Churchill y Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, en Gran Bretaña.

En Francia, Charles de Gaulle encabezó el Gobierno después de la liberación y, luego de algunos años en el retiro, retomó el mando para resolver la crisis de la Cuarta República y solucionar la guerra de Argelia. Finalmente, resistió con éxito la asonada de mayo de 1968.

Es famoso su imponente liderazgo, que Kershaw resume así: “Su estilo de gobierno se caracterizó por un elevado ritmo de trabajo y una atenta capacidad de escucha y de comprensión de los detalles, lo que, unido al minucioso examen de los argumentos de los ministros y a su extraordinaria memoria, contribuyó a consolidar su autoritarismo instintivo.”

La Alemania de la postguerra tuvo la suerte de contar con un líder de la talla de Konrad Adenauer, un católico conservador que fue alcalde de Colonia hasta que Hitler se hizo del poder y lo destituyó. Después de la guerra, gracias a su formidable liderazgo, el país en ruinas pudo levantarse y reconstruirse, superando su reciente pasado dominado por el nazismo.

Kershaw anota que Adenauer tenía “una tendencia inequívocamente autoritaria. Ya en su época de Colonia mostró rasgos de dictador. Sus adversarios de la izquierda lo llamaban el «Mussolini alemán» o «Duce de Colonia»”.

Y añade, “Creía en el gobierno democrático. Pero, a su juicio, la democracia había que dirigirla, guiarla, manejarla. (…) El carácter de la incipiente democracia alemana occidental llevaba el sello de la personalidad autoritaria de Adenauer. (…) Adenauer combinaba la determinación ideológica con una gran sagacidad táctica, y gestionó las restricciones del sistema democrático con una perspicaz mezcla de manipulación política, seguridad en sí mismo y dirección autoritaria.”

Otro líder alemán que afrontó momentos cruciales para su país fue Helmut Kohl, que estaba al frente cuando se produjo la caída del muro de Berlín y tuvo que lidiar con la reunificación, cosa que no estaba definida en ese momento. Él fue canciller de Alemania Occidental entre 1982 y 1990, y de la Alemania unificada entre 1990 y 1998, más tiempo que nadie desde Bismark.

Según Kershaw, su estilo era “cada vez más autoritario, se basaba muchísimo en las lealtades personales (…) la forma de gobernar de Kohl: una singular combinación de un estilo casi autoritario en la toma de decisiones.”

El punto es que esos líderes marcaron la diferencia entre el éxito y el fracaso en sus países, pues “en el desarrollo de la historia, el liderazgo no ha sido puramente circunstancial, sino un elemento clave.”

En estos casos se trata de líderes que condujeron a sus naciones en el marco de la democracia, pero tuvieron que recurrir a métodos extraordinarios para sacarlas adelante en el contexto de gravísimas amenazas: “al menos algunos de los líderes democráticos más sobresalientes del siglo XX eran por temperamento autocráticos, y que en determinadas circunstancias sus tendencias autoritarias fueron incluso ventajosas. En ciertos momentos críticos, especialmente en la guerra, los procesos políticos lentos y a menudo laboriosos son por lo general inadecuados. Entre los casos abordados aquí, Churchill, De Gaulle y Thatcher tuvieron que tomar decisiones rápidas que, por su propia naturaleza, se saltaban los procedimientos democráticos completos.”

Por supuesto, lo que los diferencia de los dictadores es que no se perpetuaron el poder: “En última instancia, este es el test de los dirigentes democráticos: ¿Están dispuestos a irse si son derrotados o ya no cuentan con el favor de la gente? Los líderes democráticos aquí evaluados se mostraron reacios a dejar el poder. Pero llegado el momento, se fueron... en paz.”

        Cómo es obvio, la ausencia de liderazgo en el Perú es una de las principales razones por las que se vive, desde hace años, en una crisis permanente.

Publicado en Lampadia 8/6/23



miércoles, 22 de julio de 2020

Cuando Santa Sofía pudo volver a Occidente


        El viernes 24 de julio la catedral de Santa Sofía, en Estambul, se convertirá nuevamente en una mezquita, por decisión del presidente turco Recep Tayyip Erdogan.
Santa Sofía (la Santa Sabiduría, en griego) fue durante siglos la catedral más importante y más imponente del cristianismo en el mundo, hasta la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453 (ver al respecto el excelente libro del historiador británico Roger Crowell “Constantinopla 1453. El último gran asedio”).
Desde esa fecha Santa Sofía fue convertida en una mezquita. Pero en 1931 el padre de la Turquía moderna, el militar laico Mustafá Kemal Ataturk, con buen criterio, la convirtió en un museo. Nueve décadas después, Erdogan, un dictador islamista, ha revertido esa decisión.
Un episodio poco conocido es el que relata Winston Churchill en sus memorias de la I Guerra Mundial, “La crisis mundial 1911-1918”. En 1915, cuando Turquía estaba en la guerra al lado de las potencias centrales, Alemania y Austria Hungría, los aliados pudieron haber reconquistado con relativa facilidad Constantinopla y expulsado a los turcos de la Europa continental. La estupidez, los celos y la mezquindad de algunos de los gobernantes de aquel entonces lo impidió.
En noviembre de 1914, el gobierno ruso hizo saber a Inglaterra y Francia que ellos deseaban hacerse de Constantinopla y los Dardanelos cuando ganaran la guerra. A través de los estrechos de los Dardanelos Rusia tiene acceso desde el Mar Negro al Mar Mediterráneo, pero en manos de una potencia hostil como Turquía estaban bloqueados. “En los primeros días de marzo [de 1915], Francia y Gran Bretaña dieron a conocer al gobierno ruso que estaban conformes con la anexión de Constantinopla por Rusia –dice Churchill- como parte de una paz victoriosa y este hecho importante fue hecho público el día 12.”
Pero los griegos también querían Constantinopla. En agosto de 1914, apenas iniciada la guerra, habían ofrecido su participación a los aliados, que no la aceptaron porque en ese momento todavía Turquía no entraba en la contienda y ellos esperaban neutralizarla. En marzo de 1915, cuando británicos y franceses ya habían iniciado el asalto anfibio a la península de Gallípoli, los griegos reiteraron su oferta. Concretamente, entrar en la guerra y enviar un cuerpo de ejército (tres divisiones). Churchill estima que “había una perspectiva razonable de que con todas estas fuerza, cumpliendo cada una de sus misiones respectivas en un plan conjunto, se podría conquistar la península de Gallípoli y tomar Constantinopla antes de finalizar el mes de abril [de 1915].”
Sin embargo, “Rusia fue la potencia que destrozó de modo irremediable esta brillante y decisiva combinación”. El ministro ruso de Asuntos Exteriores informó al embajador británico que “el Gobierno ruso no podría consentir la participación griega en las operaciones de los Dardanelos, pues ello conduciría seguramente a complicaciones.”
El asunto es que Grecia y Rusia ambicionaban Constantinopla y los Dardanelos. El rey de Grecia había puesto como condición para la participación de su ejército que él sería el primero en entrar a la Constantinopla recuperada. No obstante, los rusos también le hicieron saber a los franceses que “el Gobierno Ruso no acepta a ningún precio la cooperación griega a la expedición contra Constantinopla”.
Churchill responsabiliza directamente al Zar Nicolás II de esta estrechez de miras que, finalmente, lo condujo a su propia ruina: “¿no había ningún espíritu ancestral que conjurara ante este desgraciado príncipe la caída de su casa, la ruina de su pueblo, el sangriento sótano de Ekaterinemburgo?”. (Se refiere al sótano donde Nicolás II fue asesinado, junto con su mujer, sus hijos y sus criados, por órdenes de Lenin en julio de 1918).
Y concluye con una cita latina: al que Dios quiere perder, primero lo enloquece.
Así, en 1915, estuvo al alcance de la mano la recuperación de Constantinopla y la catedral de Santa Sofía. La codicia, los recelos, las suspicacias y la insensatez de algunos de los que pudieron lograrlo, frustró esa soberbia posibilidad.