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jueves, 30 de diciembre de 2021

Lenin y Hitler, vidas paralelas

 CONTROVERSIAS

Fernando Rospigliosi

Lenin y Hitler, vidas paralelas

 

        Aunque sus seguidores se aborrecen, Vladimir Ilich Ulianov y Adolfo Hitler tienen enormes similitudes.

        Ambos tuvieron una desmedida ambición de poder y con una poderosa voluntad lograron objetivos que nadie hubiera podido creer que obtendrían, provocando, cuando alcanzaron sus propósitos, catástrofes espantosas e inenarrables sufrimientos a millones de seres humanos.

Ambos murieron relativamente temprano, Lenin a los 53 años y Hitler a los 56. Si bien no eran asexuados, no tuvieron una vida libertina como muchos otros caudillos y dictadores: Lenin solo tuvo una esposa, Nadezhna Krúpskaya y una amante, Inessa Armand; a Hitler se le conoce a Eva Braun, con quien se casó en vísperas de su suicidio. Ninguno tuvo hijos. Todas sus energías y pasiones se volcaron a la política y a su irrefrenable ambición de poder.

Ambos también eran moderados en otros placeres mundanos como el comer y beber: Hitler era vegetariano, abstemio y no fumaba. Lenin no era tan radical, pero estaba cerca. Ambos estaban muy ideologizados y creían fanáticamente en ciertas ideas, querían reestructurar el mundo de acuerdo a sus utopías. Ambos vivían íntegramente para la política y enfermaban como consecuencia de los altibajos de la misma: dolores de cabeza, malestares estomacales, etc.

A pesar ser individuos ideologizados y fanatizados, eran absolutamente oportunistas y capaces de las más inverosímiles alianzas si las consideraban necesarias para su sobrevivencia política. Eran capaces de pactar con sus peores enemigos para lograr sus fines, táctica que, por supuesto, criticaban ferozmente cuando la usaban sus adversarios.

Eran totalmente inescrupulosos y carentes de empatía. No solo ordenaron asesinatos masivos a los esbirros que los secundaban, sino directamente crímenes atroces, como el asesinato dispuesto por Lenin del Zar Nicolás II, su esposa, sus 5 hijos adolescentes y menores de edad y los criados, en julio de 1918. O el asesinato dirigido por Hitler de su antiguo compañero Ernst Rhöm y varios de sus secuaces en la Noche de los Cuchillos Largos, en junio de 1934.

Ambos jugaron un papel decisivo en dos de los acontecimientos más importantes del Siglo XX, la revolución rusa y la Segunda Guerra Mundial. Cuando en febrero de 1917 el Zar de Rusia fue derrocado y se estableció un gobierno provisional, todos los partidos opuestos a la autocracia estaban de acuerdo en establecer un gobierno democrático, incluyendo a los Socialistas Revolucionarios (partido campesino) y los marxistas bolcheviques y mencheviques. Los marxistas sostenían que la revolución debería ser por etapas, una primera democrático burguesa y luego, cuando se hubiera desarrollado el capitalismo, la segunda etapa socialista. Esta teoría también había sido argumentada por Lenin. Así, todos respaldaban al gobierno provisional y querían una asamblea constituyente que estableciera un régimen democrático burgués. Esto comprendía a los bolcheviques, que sostuvieron eso hasta abril de 1917.

Lenin vivía en Suiza cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y cuando cayó el Zar solo tenía una forma de llegar a Rusia, a través de Alemania que estaba en guerra con su país. Lenin negoció con diplomáticos alemanes en Suiza que le brindaron un tren especial, a él y otros revolucionarios rusos, para que atravesaran Alemania y llegaran a Finlandia, desde donde se trasladó a Petrogrado, la capital. Así, Lenin se alió directamente con el Estado Mayor alemán –que en la práctica era el que gobernaba Alemania-, lo más reaccionario del imperialismo mundial, para llegar a Rusia y propiciar la derrota de su país. Los militares alemanes querían provocar un mayor caos en un país enemigo, y lo lograron. (Stéphane Courtois, “Lenin: El inventor del totalitarismo”)

Esa alianza de Lenin, en cualquier época y parte del mundo, se califica como traición a la patria y tiene la pena de muerte como consecuencia. Lenin no dudó ni un momento en aliarse con los alemanes, de los cuales había recibido subvenciones económicas antes a través de Parvus, un marxista enriquecido con negocios especulativos. (Robert Service, “Lenin. Una biografía).

Ya en Rusia, con sus “Tesis de abril”, abandonó todas las teorías que el mismo había formulado y encarriló a los bolcheviques a asaltar el poder. Vio sagazmente que en medio del caos eso era posible. Y lo logró con un golpe de mano el 25 de octubre (7 de noviembre en el nuevo calendario). Sin Lenin muy probablemente no se hubiera producido la revolución comunista. En ese momento nadie, ni los bolcheviques se la proponían. (Fernando Rospigliosi, “La revolución que cambió el mundo”, El Comercio 4/11/17 https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/revolucion-cambio-mundo-fernando-rospigliosi-noticia-471106-noticia/).

En 1939 nadie quería la guerra. Los que después fueron los aliados, hicieron las más asombrosas concesiones a Hitler para evitarla. Los políticos de los países democráticos eran conscientes que sus pueblos, traumatizados por la guerra anterior, no la querían. Y el dictador totalitario de la URSS se sabía demasiado débil para una contienda de esa magnitud. El pueblo alemán tampoco quería la guerra (William Shirer, “Diario de Berlín.1934-1941”), ni los altos mandos militares, ni siquiera los capitostes nazis (Ian Kershaw, “Hitler”). Solo Hitler, con su diabólica astucia y su delirante fanatismo, fue capaz de conducir a Alemania a otra guerra que todos querían evitar.

Y aquí, Hitler realizó también un pacto inaudito: en agosto de 1939 se alió con Stalin –el cabecilla de lo que denominaba gobierno “judeo bolchevique”, lo más aborrecible en el mundo- para repartirse Polonia y recibir materias primas de la URSS que por casi dos años le permitieron abastecerse para luchar contra sus enemigos occidentales y prepararse para asaltar a la propia URSS.

A estos personajes les calza lo que decía Nicolás Maquiavelo, sin la ocasión, su habilidad sería inútil y sin sus destrezas, la ocasión llegara en vano.

Aunque ambos protagonistas provocaron con sus fantásticas utopías catástrofes monstruosas, su legado fue distinto. La derrota de Hitler en la guerra posibilitó que sus funestas ideas fueran repudiadas firmemente y, en Alemania y otros países, prohibidas legalmente. Sus huesos, recuperados por los rusos en su bunker en Berlín, fueron molidos y arrojados al río a principio de la década de 1970.

La momia de Lenin todavía se exhibe en la Plaza Roja de Moscú, sus ideas se difundieron por décadas y se llevaron a la práctica en varios países y aunque ahora están completamente desacreditadas, otra perniciosa variante del marxismo, la inventada por la Escuela de Frankfurt, ha logrado un éxito impresionante.


Publicado en Lampadia el 29/12/21

https://www.lampadia.com/analisis/otros/lenin-y-hitler-vidas-paralelas

miércoles, 22 de julio de 2020

Cuando Santa Sofía pudo volver a Occidente


        El viernes 24 de julio la catedral de Santa Sofía, en Estambul, se convertirá nuevamente en una mezquita, por decisión del presidente turco Recep Tayyip Erdogan.
Santa Sofía (la Santa Sabiduría, en griego) fue durante siglos la catedral más importante y más imponente del cristianismo en el mundo, hasta la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453 (ver al respecto el excelente libro del historiador británico Roger Crowell “Constantinopla 1453. El último gran asedio”).
Desde esa fecha Santa Sofía fue convertida en una mezquita. Pero en 1931 el padre de la Turquía moderna, el militar laico Mustafá Kemal Ataturk, con buen criterio, la convirtió en un museo. Nueve décadas después, Erdogan, un dictador islamista, ha revertido esa decisión.
Un episodio poco conocido es el que relata Winston Churchill en sus memorias de la I Guerra Mundial, “La crisis mundial 1911-1918”. En 1915, cuando Turquía estaba en la guerra al lado de las potencias centrales, Alemania y Austria Hungría, los aliados pudieron haber reconquistado con relativa facilidad Constantinopla y expulsado a los turcos de la Europa continental. La estupidez, los celos y la mezquindad de algunos de los gobernantes de aquel entonces lo impidió.
En noviembre de 1914, el gobierno ruso hizo saber a Inglaterra y Francia que ellos deseaban hacerse de Constantinopla y los Dardanelos cuando ganaran la guerra. A través de los estrechos de los Dardanelos Rusia tiene acceso desde el Mar Negro al Mar Mediterráneo, pero en manos de una potencia hostil como Turquía estaban bloqueados. “En los primeros días de marzo [de 1915], Francia y Gran Bretaña dieron a conocer al gobierno ruso que estaban conformes con la anexión de Constantinopla por Rusia –dice Churchill- como parte de una paz victoriosa y este hecho importante fue hecho público el día 12.”
Pero los griegos también querían Constantinopla. En agosto de 1914, apenas iniciada la guerra, habían ofrecido su participación a los aliados, que no la aceptaron porque en ese momento todavía Turquía no entraba en la contienda y ellos esperaban neutralizarla. En marzo de 1915, cuando británicos y franceses ya habían iniciado el asalto anfibio a la península de Gallípoli, los griegos reiteraron su oferta. Concretamente, entrar en la guerra y enviar un cuerpo de ejército (tres divisiones). Churchill estima que “había una perspectiva razonable de que con todas estas fuerza, cumpliendo cada una de sus misiones respectivas en un plan conjunto, se podría conquistar la península de Gallípoli y tomar Constantinopla antes de finalizar el mes de abril [de 1915].”
Sin embargo, “Rusia fue la potencia que destrozó de modo irremediable esta brillante y decisiva combinación”. El ministro ruso de Asuntos Exteriores informó al embajador británico que “el Gobierno ruso no podría consentir la participación griega en las operaciones de los Dardanelos, pues ello conduciría seguramente a complicaciones.”
El asunto es que Grecia y Rusia ambicionaban Constantinopla y los Dardanelos. El rey de Grecia había puesto como condición para la participación de su ejército que él sería el primero en entrar a la Constantinopla recuperada. No obstante, los rusos también le hicieron saber a los franceses que “el Gobierno Ruso no acepta a ningún precio la cooperación griega a la expedición contra Constantinopla”.
Churchill responsabiliza directamente al Zar Nicolás II de esta estrechez de miras que, finalmente, lo condujo a su propia ruina: “¿no había ningún espíritu ancestral que conjurara ante este desgraciado príncipe la caída de su casa, la ruina de su pueblo, el sangriento sótano de Ekaterinemburgo?”. (Se refiere al sótano donde Nicolás II fue asesinado, junto con su mujer, sus hijos y sus criados, por órdenes de Lenin en julio de 1918).
Y concluye con una cita latina: al que Dios quiere perder, primero lo enloquece.
Así, en 1915, estuvo al alcance de la mano la recuperación de Constantinopla y la catedral de Santa Sofía. La codicia, los recelos, las suspicacias y la insensatez de algunos de los que pudieron lograrlo, frustró esa soberbia posibilidad.