jueves, 21 de julio de 2022

La democracia fallida

 

CONTROVERSIAS

Fernando Rospigliosi

La democracia fallida

 

        A pesar de la última crisis -que pronto será la penúltima porque surgirá otra igual o peor-, nadie se atreve ahora reconocer que estamos ante una democracia fallida, que no puede regenerarse dentro de sus procedimientos institucionales. Son casi infinitas las aparentes soluciones que se proponen, ateniéndose a las normas vigentes, pero es obvio que no hay salida en ese marco.

        El hecho de que una banda de delincuentes comunistas, ineptos e ignorantes, se haya apoderado del gobierno, con el apoyo de los caviares -que querían seguir medrando-, y que un año después no haya sido desalojada con los mecanismos establecidos en la Constitución, porque la corrupción ha carcomido profundamente toda la institucionalidad, es una demostración que esta democracia fallida no puede ser reconstruida con sus propios mecanismos.

Ahora el oportunista que aceptó el Ministerio del Interior -respaldó a Pedro Castillo durante todo este período hasta que consiguió un puesto y lo reprueba cuando lo echan-, se alza como un héroe de la democracia y ¡propone a Dina Boluarte como alternativa! Todo con la complicidad de los mismos que ayudaron a Castillo a hacerse del poder.

        Hasta ahora, por la corrupción de un número importante de congresistas, han sido inalcanzables los 87 votos para vacar al individuo que ocupa Palacio. Y tampoco se ha avanzado mucho en el tortuoso camino para destituir a la vicepresidenta, que ocupa ilegalmente ese cargo porque un deshonesto Jurado Nacional de Elecciones (JNE), irregularmente constituido, avaló ilícitamente su candidatura.

Y ese podrido JNE es el que va a conducir el proceso electoral municipal y regional, en un ambiente en que, por ejemplo, las delincuenciales rondas campesinas manejadas por el gobierno o por los poderes locales, van a imponerse por el miedo en ciertas localidades. Y cuando prefectos, sub prefectos, gobernadores y tenientes gobernadores de la red creada por el gobierno van a usar los recursos del Estado para favorecer a ciertos candidatos. Y ese JNE, eventualmente, dirigiría unas nuevas elecciones presidenciales.

Otras evidencias de la imposibilidad de renovación en el marco actual son, por ejemplo, las absurdas decisiones de magistrados de un sistema judicial capturado por los caviares y la corrupción hace tiempo, que interfieren desfachatadamente en las decisiones del Congreso que no son del gusto de esa mafia: la ley de la Sunedu, la elección del Tribunal Constitucional (TC) y el Defensor del Pueblo, etc. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con alguna norma, pero el único que puede intervenir en este caso es el TC y no cualquier juez. Pero esas inadmisibles interferencias son celebradas y apoyadas por la mafia caviar y sus medios de comunicación, y terminan imponiéndose.

Lo mismo pasó con el inconstitucional cierre del Congreso en setiembre de 2019. A pesar de su evidente ilegalidad, el golpe del Lagarto se consumó.

En suma, la legalidad ya no existe en el Perú. Lo que hay es una apariencia, o una farsa, que funciona de acuerdo a los intereses de quienes manejan furtivamente ciertos resortes del poder.

Algunos bienintencionados sugieren la modificación de algunas normas para salvar la agonizante democracia, lo que se denomina ingeniería constitucional. La bicameralidad, distritos electorales más pequeños, elecciones internas en los partidos políticos, eliminar el voto preferencial, por mencionar solo algunas de las más repetidas de la larguísima lista de alternativas que podrían mejorar el sistema político. En realidad, es probable que algunas de esas propuestas lo empeorarían. En todo caso, es una discusión inconducente.

        No hay duda que se requieren algunos cambios urgentes, como eliminar las necedades que comunistas y caviares han convertido en normas, como la no reelección de congresistas, gobernadores y alcaldes. O la alternancia entre hombres y mujeres en las listas parlamentarias y presidenciales. Pero nada de eso puede regenerar a lo que hoy existe en el Perú con el nombre de democracia.

        Porque además de los obstáculos señalados hay varios otros que ningún proceso de cambios constitucionales o legales puede resolver en el contexto actual. La existencia de delincuenciales oligarquías regionales -producto de la combinación de canon, descentralización y desplome de los partidos políticos-, es uno de ellos. Ahora estamos viendo sus consecuencias, cuando una alianza de esas nuevas élites corruptas se hizo del gobierno.

        La existencia de “partidos políticos” como los de César Acuña o José Luna Gálvez, o la captura de otros que alguna vez fueron partidos, como Acción Popular por bandas de malhechores, no puede resolverse con esos mismos grupos detentando parte sustancial del poder político.

        En síntesis, la democracia se ha descarrilado nuevamente en el Perú y no puede encarrilarse conducida por las gavillas que la han arruinado.

        En 1962 una crisis por acusaciones de fraude provocó una intervención castrense -la primera junta militar institucional en América Latina-, que saneó el sistema electoral y condujo a elecciones limpias. Treinta años después, en 1992, un golpe realizado por un presidente elegido -otra innovación en AL- desembocó en una Asamblea y una nueva Constitución que hoy se pretende cambiar. Treinta años después, en 2022, la democracia nuevamente está en una crisis que no tiene salida, por las razones expuestas, en su propio marco. Las opciones que hoy se barajan, solo prolongarán la crisis sin resolverla.

        Se requieren soluciones radicales para reencauzar la democracia.

Publicado en Lampadia 21/7/22

martes, 5 de julio de 2022

El golpe que no fue



El golpe que no fue

Fernando Rospigliosi

 

En setiembre de 1938 un grupo de altos mandos militares planeó un golpe para derrocar a Adolfo Hitler. Ellos se dieron cuenta que iba a conducir a Alemania a una nueva guerra y sabían que la perderían (eran profesionales de la guerra). Fracasaron.

Como en todo golpe, había algunos decididos, otros vacilantes y la mayoría expectante para sumarse al carro del vencedor.

Hitler siguió en el poder y, como varios habían previsto, condujo a Alemania a una conflagración devastadora. Cincuenta o sesenta millones de personas perecieron en la Segunda Guerra Mundial (SGM), entre ellos 7.5 millones de alemanes. Seis millones de judíos fueron asesinados. El país fue destruido, perdió la tercera parte de su territorio y, de lo quedó, la mitad fue sometida a una brutal ocupación y dictadura comunista –Alemania Oriental- que duró desde 1945 hasta 1989.

        Otra habría sido la historia si ese golpe triunfaba. Los militares que querían derrocar a Hitler no lo hacían por adhesión a la democracia sino por patriotismo, para salvar a su país de la destrucción.

        Uno de los principales inspiradores del golpe fue el general Ludwig Beck, que era Jefe del Estado Mayor del Ejército desde 1935. Cuando Hitler informó al alto mando que iba a invadir Checoeslovaquia con el pretexto de recuperar los Sudetes (región con población alemana), Beck trató de disuadirlo. Como no lo logró y la decisión de la invasión –que supuestamente ocasionaría la guerra con el Reino Unido y Francia- se mantenía, Beck renunció el 18 de agosto de 1938. Luego intentó persuadir a los mandos del Ejército para derrocar a Hitler.

        Consiguió que su reemplazante, el general Franz Halder, participara en la conspiración junto con otros mandos, como el general Erwin von Witzleben y el coronel Hans Oster, segundo de la Abwehr, el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas.

El Comandante General del Ejército, Walther von Brauchitsch –ocupaba el cargo desde enero de 1938-, era uno de los que no se comprometía y esperaba el resultado. Dijo: “Yo no haré nada, pero no impediré que otros actúen, son asuntos políticos no militares.”

        El golpe se iba a producir cuando Hitler diera la orden de invasión. Pero esa orden nunca llegó.

El primer ministro británico Neville Chamberlain, dispuesto a todo para evitar la guerra y con la equivocada creencia que lo lograría cediendo ante Hitler (ver mi post “Falsificación histórica. La película ´Múnich en vísperas de una guerra´.”, 29/1/22), viajó a Alemania dos veces a entrevistarse con Hitler y, al final, con la colaboración de Benito Mussolini, logró el Acuerdo de Múnich, el 30 de setiembre de 1938, en que se entregaban los Sudetes a Alemania, sin siquiera consultarle a Checoeslovaquia.

Al no producirse la invasión, el golpe se desmontó. Y la anunciada tragedia siguió su curso.

Un año después, a mediados de agosto de 1939, cuando Hitler había decidido invadir Polonia, Halder trató nuevamente, junto con Beck, de derrocar a Hitler. Esta vez Brauchitsch se opuso. Y el 1 de setiembre se produjo la invasión, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial.

El general Beck participó en varios complots contra Hitler en los años siguientes, hasta el último, el 20 de julio de 1944, cuando se salvó milagrosamente de la explosión de una bomba en la Guarida del Lobo. Al día siguiente Beck fue obligado a suicidarse, miles de militares y civiles fueron detenidos y asesinados o enviados a campos de concentración.

Brauchitsch, que fue uno de los generales sobornados con decenas de miles de marcos por Hitler, fue forzado a renunciar el 19 de diciembre de 1941, cuando la ofensiva alemana sobre Moscú fue detenida. Hitler asumió la Comandancia General del Ejército propiciando nuevas derrotas.

Este es un ejemplo conocido de un golpe frustrado que, de haber tenido éxito, probablemente hubiera evitado el desastre de la SGM (ver mi artículo en La República, “La Guerra que nadie quería”, 1/9/13. Como ya no está en la web de La República, lo he reproducido en mi blog http://huevosdeesturion.blogspot.com/).

Hay otros ejemplos, menos divulgados y recordados, que muestran lo mismo. En ciertas circunstancias, un golpe, normalmente indeseable, puede ser la única alternativa viable para evitar una catástrofe y reencauzar a un país antes que se produzca la hecatombe.

Pero muchas veces no se producen, por la funesta indecisión de quienes pueden hacerlo, y la corrupción y el acomodo de otros.


El general Ludwig Beck

La guerra que nadie quería


 

CONTROVERSIAS

 

Fernando Rospigliosi

 

La guerra que nadie quería


La República, 1 de setiembre de 2013

 

        Un día como hoy, 1 de setiembre, hace 74 años, empezó la Segunda Guerra Mundial (SGM), la mayor matanza en la historia de la humanidad. Murieron unos sesenta millones de personas y muchos más sobrellevaron terribles padecimientos. (Anthony Beevor, “La Segunda Guerra Mundial”).

Lo paradójico es que nadie quería esa guerra, ni los pueblos, ni los políticos, ni los militares de ningún país, salvo Adolfo Hitler y un puñado de sus seguidores.

        No siempre fue así. La Primera Guerra Mundial (PGM), por ejemplo, empezó con manifestaciones de auténtico fervor patriótico en Alemania -país que la propició-, Austria -que la inició-, Francia y otros lugares. Por ejemplo, el embajador británico en Austria informaba que ese país “se ha vuelto loco de alegría ante la perspectiva de la guerra”. (Martín Gilbert, “La Primera Guerra Mundial”).

        Pero luego de la espantosa masacre -murieron 9 millones de soldados y 5 millones de civiles- a nadie le quedaban ganas de embarcarse en una nueva contienda que se sabía, sería peor que la anterior. A nadie, salvo a Adolfo Hitler y a los más fanáticos y obtusos de sus acólitos.

 

Aprovechando el miedo

 

        Hitler utilizaba el miedo a la guerra que embargaba a los pueblos, los gobiernos y los militares de todo el mundo. “Lo que más horrorizaba a británicos y franceses era la idea de que pudiera estallar otra guerra en Europa.” (Beevor).

Entre 1936 y 1939, Hitler desconoció el tratado de Versalles, inició el rearme alemán y engulló a Austria y Checoslovaquia, amedrentando y engañando a todo el mundo. Esos triunfos lo convencieron que podía hacer lo que le viniera en gana sin que los otros reaccionaran. Se equivocó.

        Su siguiente presa era Polonia. Inglaterra y Francia esta vez se plantaron firmes y dijeron públicamente que si Hitler invadía Polonia le declararían la guerra.

Hitler cometió un error fatal y no les creyó. Como anota Beevor, se equivocó con Inglaterra que desde el siglo XVIII seguía la misma política, no permitir que una sola potencia se adueñe de Europa continental.

        La madrugada del 1 de setiembre la Wehrmacht invadió Polonia. Ese día el traductor de Hitler, Paul Schmidt le leyó el ultimátum británico: si no se retiraban de Polonia inmediatamente, le declararían la guerra. Cuando Schmidt salió, se encontró con otros jerarcas nazis y les informó. “Goering se volvió hacia mí: ´Si perdemos esta guerra -dijo- que Dios se apiade de nosotros´. Goebbels permanecía completamente solo en un rincón abatido y absorto en sus propios pensamientos.” (William Shirer, “Auge y caída del Tercer Reich”, vol. I).

        Hasta los jerarcas nazis más cercanos a Hitler –salvo Ribbentrop-, eran reacios a entrar en la guerra.

 

Ni el pueblo ni los militares

 

        Shirer, que en esa época era corresponsal norteamericano en Berlín, dice que el 1 de setiembre “después de pasearme  por Berlín y hablar con el hombre de la calle, anoté aquella mañana en mi diario: ´Todo el mundo está contra la guerra. Las gentes hablan abiertamente. ¿Cómo un país puede lanzarse a una guerra con una población tan hostil a la idea de combatir?´.”

        La respuesta, según Ian Kershaw, en su excelente biografía de Hitler, es que no importaba que los alemanes no quisiesen la guerra. “Los ciudadanos ordinarios,  fuesen cuales fuesen sus temores, no tenían poder para influir en el curso de los acontecimientos.” Simplemente “decidió Hitler” que había sometido no solo al pueblo sino a las élites, incluyendo la militar. (“Hitler”, vol. II)

        La gran mayoría de los militares evaluaba que si entraban a la guerra la perderían. El general Heinz Guderian, propulsor y jefe del arma acorazada, rememora  “No entramos en la guerra alegremente. Ningún general la hubiera aconsejado”. (“Recuerdos de un soldado”).

        Pero desde 1938, Hitler había sometido al alto mando, expulsando a los que eran capaces de enfrentarlo y ocupando él mismo el cargo de ministro de Defensa.

 

Megalómano

 

        Una de las principales razones que llevaron a Hitler a iniciar la guerra en 1939 fue su megalomanía. Él se creía predestinado a imponer el dominio alemán en el mundo y además se consideraba un genio militar. Lo dijo muchas veces. El embajador británico Neville Henderson, enviado apresuradamente al refugio del Führer en Berchtesgaden para tratar de evitar el conflicto una semana antes del inicio de la guerra, el 24 de agosto, informó a su ministerio que Hitler le dijo que “él tenía cincuenta años (...) y prefería hacer la guerra ahora antes que a los cincuenta y cinco o sesenta”. (Shirer).

        Kershaw relata que dijo algo parecido el 22 de agosto en Berchtesgaden, donde reunió al alto mando de las fuerzas armadas, medio centenar de oficiales, y les informó de su decisión de declarar la guerra. Un argumento central fue que “todo depende básicamente de mi, de mi existencia, debido a mis dotes políticas”. Tenía que iniciar la guerra antes de que enfermara o muriera.

        La lección es sencilla: un demente con poder absoluto, sin controles, puede desatar una catástrofe de proporciones inimaginables.

martes, 28 de junio de 2022

El doble estándar norteamericano

 

El doble estándar norteamericano

Como los Estados Unidos ayudan a sus enemigos: una crítica de Jeane Kirkpatrick y Henry Kissinger

Fernando Rospigliosi

 

        Hace poco, el 6 de junio, fue detenido en Argentina un avión de una línea aérea venezolana, Emtrasur, y la fiscalía imputó al piloto iraní Gholamreza Ghasemi, miembro de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica (organización considerada terrorista) y a la tripulación -5 iraníes y 14 venezolanos- por su vinculación con el terrorismo. En realidad, todo indica que el avión pertenece a la iraní Qeshm Fars Air, que vuela a veces con la cobertura de otra empresa venezolana. En la nave aérea viajaba un número desusado de supuestos tripulantes que se presume vinculados a actividades terroristas. (https://www.sandiegouniontribune.com/en-espanol/noticias/story/2022-06-21/argentina-fiscal-imputa-a-piloto-irani-de-avion-venezolano; https://www.infobae.com/america/mundo/2022/06/22/escandalo-del-avion-venezolano-irani-en-argentina-el-piloto-tenia-en-su-celular-fotos-de-tanques-y-misiles/).

        El asunto es muy sensible en Argentina, porque como se sabe, los iraníes fueron los responsables de los monstruosos atentados contra la AMIA y la embajada de Israel en Buenos Aires. El 17 de marzo de 1992 un ataque a la embajada causó 22 muertos y 242 heridos. Y el 18 de julio de 1994 un coche bomba en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) mató a 85 personas e hirió a 300. Los atentados quedaron impunes con la complicidad de sucesivos gobiernos.

        Utilizando sus muy estrechas relaciones con la dictadura de Nicolás Maduro y con otros gobiernos afines, los iraníes están intensificando su penetración en el continente.

        Los iraníes siguen cometiendo atentados en todo el mundo. Hace pocos días, la policía turca detuvo a varios sicarios que pensaban secuestrar y asesinar a turistas israelíes en ese país. (https://elpais.com/internacional/2022-06-23/turquia-desarticula-una-red-irani-que-planeaba-atentar-contra-israelies-en-estambul.html)

        Pero lo peor es que la teocracia iraní avanza inexorablemente en su propósito de construir armas atómicas y tiene la declarada intención de borrar del mapa al Estado de Israel y a todos sus habitantes.

        Una cosa que no se suele recordar ahora, es como ese grupo de enloquecidos fanáticos se hizo del gobierno de un país rico en petróleo y con una tradición cultural milenaria que iluminó a toda esa región durante siglos.

        Lo hicieron gracias a la ayuda del gobierno de los Estados Unidos, que socavó y ayudó a derribar al gobierno del Shah de Irán, Reza Pahlevi, un régimen corrupto y represivo -como hay muchísimos en el mundo entero- pero que era un aliado de los EEUU y eventualmente podía evolucionar, para ser reemplazado por un régimen totalitario, mil veces más represivo y corrupto que el anterior, y que es ahora un peligro para el mundo entero, incluyendo Latinoamérica.

        ¿Cómo los EEUU cometieron un desatino tan colosal? La académica y diplomática Jeane Kirkpatrick, profesora de la Universidad de Georgetown y embajadora de los EEUU en la ONU, lo explicó magistralmente en un artículo publicado pocos meses después de la caída del Shah: “Dictatorships and Double Standards” en la revista Commentary (noviembre 1979). Allí la autora subraya que “no hay duda de que los Estados Unidos ayudaron a la salida del Shah”.

        Con gran perspicacia Kirkpatrick, pocos meses después del derrocamiento del Shah (enero 1979) y de Anastasio Somoza en Nicaragua (julio de 1979), analiza y critica la política de su país que ayuda a sus enemigos y socava a sus aliados -que pueden ser desagradables e incluso repugnantes-, para que los reemplacen regímenes mucho peores, en todo sentido. Y recuerda que antes han hecho lo mismo en los casos de China y Cuba.

 

“Pero una vez que opositores violentos lanzaron una ofensiva, todo cambió. La aparición de una oposición seria y violenta en Irán y Nicaragua puso en movimiento una sucesión de hechos que mostraban sugestivas similitudes entre ambos, además de un parecido sugerente con nuestra conducta en China antes de la caída de Chiang Kai-shek, en Cuba antes del triunfo de Castro (…) En cada uno de estos países, el esfuerzo norteamericano por imponer la liberalización y la democratización a un gobierno enfrentado a una violenta oposición interna no sólo falló, sino que en realidad ayudó a la toma del poder por nuevos regímenes bajo los cuales las personas comunes gozan de menos libertades y menos seguridad personal que bajo las autocracias anteriores; más aún, regímenes hostiles a los intereses y políticas norteamericanos.”

 

       

Aquí la autora señala otra de las características de esta política, la bienintencionada abstracción de pretender que un sistema político como el norteamericano puede ser exportado e impuesto rápidamente en sociedades que tienen una historia y una cultura diferentes. El resultado es casi siempre el mismo, lo que en realidad resulta es que los partidarios del totalitarismo se aprovechan del debilitamiento de los gobiernos para imponerse y aplastar toda posibilidad de resistencia.

Kirkpatrick añade otro elemento importante que se deriva de esta política equivocada: los amigos se dan cuenta que no se puede confiar en los EEUU.

 

“En cualquier caso, los Estados Unidos, por su propia falta de comprensión de la situación, habrán sido llevados a ayudar activamente a derrocar a un amigo y aliado de otro tiempo y a instalar un gobierno hostil a los intereses y políticas norteamericanos en el mundo. (…) Y en todas partes nuestros amigos se habrán dado cuenta que no se puede contar con Estados Unidos en tiempos difíciles, y nuestros enemigos habrán notado que el apoyo norteamericano no proporciona ninguna seguridad frente al avance de la historia.”

 

        La autora remarca que no era inevitable que esos gobiernos aliados cayeran, sino que luego que hubieron derrotado a sus violentos opositores, la acción de los EEUU fue decisiva para derribarlos.

 

“Después que el régimen de Somoza derrotara la primera ola de violencia sandinista, los Estados Unidos terminaron con la ayuda, impusieron sanciones y dieron otros pasos que minaron el status y la credibilidad del gobierno en los asuntos domésticos y extranjeros. (…) el Departamento de Estado norteamericano designó un nuevo embajador, quien rehusó presentar sus credenciales a Somoza, a pesar de que éste era aún jefe de Estado, y propuso reemplazar al gobierno por "un gobierno provisional de base amplia que incluiría representantes de las guerrillas sandinistas".”

 

Ella insiste en que, en la base del problema, está la errada creencia de los liberales norteamericanos (izquierdistas o caviares se les denomina hoy), que se puede obligar a otras sociedades a adoptar un sistema político que ellos creen el mejor.

 

“no hay una idea que domine tanto en la mente de los norteamericanos educados como la creencia de que es posible democratizar los gobiernos en cualquier tiempo, lugar o circunstancia. Esta noción está desmentida por gran cantidad de evidencia basada en la experiencia de docenas de países que han intentado con más o menos (generalmente menos) éxito cambiar de un gobierno autocrático a uno democrático.”

 

Cegados por su ideología, minaron y debilitaron a las dictaduras aliadas a pesar que era evidente que sus sueños serían irrealizables y que los beneficiarios de esa política suicida serían los peores enemigos de la democracia y de los EEUU.

 

“Ni en Nicaragua ni en Irán se dieron cuenta que el único resultado probable de un esfuerzo para reemplazar a un autócrata por uno de sus críticos moderados o por una "coalición de amplia participación", será la destrucción de los fundamentos del régimen existente, sin que esto lleve a la nación más cerca de la democracia. Y, sin embargo, este resultado era absolutamente predecible.”

 

Y luego esboza lo que sería una teoría que tuvo importancia en los años siguientes: la diferencia entre gobiernos autoritarios, que eventualmente pueden evolucionar hacia una democratización y los totalitarios, que no cambian y que solo terminan cuando son derribados.

 

“las autocracias de derecha algunas veces evolucionan efectivamente en democracias, si se dan el tiempo, las circunstancias económicas, sociales y políticas propicias, líderes talentosos, y una fuerte demanda de los ciudadanos por un gobierno representativo.”

 

     Lo peor de todo es algunos políticos norteamericanos no aprendieron la lección y han seguido cometiendo similares errores. Por ejemplo, invadieron con argumentos falsos Irak en 2003 –armas de destrucción masiva- y derribaron al régimen corrupto y represivo de Sadam Hussein, que era un contrapeso en esa región a la teocracia iraní (sostuvieron una desgastadora guerra entre 1980 y 1988).

     El resultado es que después de cientos de miles de muertos irakíes, y decenas de miles de millones de dólares gastados, Irak vive en el caos, con gobiernos débiles y favorables a la teocracia iraní que tiene ahora una gran influencia en ese país.

     En América Latina, como también observó Kirkpatrick, fueron decisivos en derribar al gobierno corrupto y represivo de Anastasio Somoza, un aliado de los EEUU, para instalar a un gobierno más corrupto y más represivo, el de Daniel Ortega, un enemigo de los EEUU, el mismo que sigue en el poder hoy –después de un breve interregno democrático-, 43 años después que los norteamericanos lo ayudaron a llegar ahí.

     ¿Se ha renovado la política norteamericana en Latinoamérica? Todo indica que no. Siguen siendo complacientes con sus enemigos y es probable que de opongan a cualquier intento de desalojarlos.

     Lo que Kirkpatrick señala como el doble estándar de la política norteamericana, es que son muy severos con sus aliados cuando no cumplen las reglas de los que ellos creen que es un buen gobierno, y hacen lo posible por derribarlos si es que aparece una oposición violenta. Y son muchas veces blandos y complacientes con sus enemigos, a los cuales sí les reconocen el derecho a hacer lo que les da la gana en sus países.

 

        “Los principios de autodeterminación y de no intervención son aplicados selectivamente. Parecemos aceptar el statu quo en las naciones comunistas (en nombre de la "diversidad" y autonomía nacional), pero no en naciones gobernadas por dictadores de "derecha".”

 

 

     Más de medio siglo después del premonitorio análisis de Kirkpatrick, Henry Kissinger, otro académico y diplomático, coincide en su último libro “Orden Mundial” (2015), en que los EEUU fueron decisivos en la caída del Shah de Irán, aunque utiliza un lenguaje más suave:

 

        “Irónicamente, la llegada de los ayatolás al poder fue favorecida en sus últimas etapas por la disociación de Estados Unidos del régimen existente, en la errónea creencia de que el cambio que se avecinaba aceleraría el advenimiento de la democracia y fortalecería los lazos con Irán.”

 

     Kissinger critica también ese doble estándar en la política exterior norteamericana y propone volver a los principios westfalianos (refiriéndose a la paz de Westfalia, 1648). Lo que él sugiere es la adopción de una política procedimental de reconocimiento de los estados y la no injerencia en sus asuntos internos:

 

“La Paz de Westfalia reflejó una adaptación práctica a la realidad, no una visión moral única. Se basaba en un sistema de estados independientes que se abstuvieran de interferir en los asuntos internos ajenos y controlaran mutuamente sus ambiciones a través de un equilibrio general del poder.”

(…)

“La genialidad de este sistema, y la razón de que se extendiera por todo el mundo, era que sus disposiciones eran procedimentales, no sustanciales. Si un Estado aceptaba estos requerimientos básicos podía ser reconocido como un órgano internacional capaz de mantener su propia cultura, política, religión y políticas internas, y protegido de cualquier intervención externa por el sistema internacional.”

(…)

        “La relevancia universal del sistema westfaliano derivaba de su naturaleza procedimental: vale decir, neutral. Sus reglas eran accesibles a cualquier país: no injerencia en los asuntos internos de otros estados; inviolabilidad de las fronteras; soberanía de los estados; mantenimiento del derecho internacional.”

 

        En síntesis, es importante recordar hoy algunas de las consecuencias de este doble estándar de la política norteamericana, aplicada sobre todo por los gobiernos demócratas aunque no solo por ellos. Las fundamentadas críticas de esos brillantes académicos y diplomáticos –Kirkpatrick y Kissinger-, parecen no haber tenido la influencia que merecían entre los decisores de ese país.

Lo que sí es evidente ahora es que el mundo ha cambiado y que hay otros países que son más proclives a adherir a los principios westfalianos.

 

 








domingo, 5 de junio de 2022

El colapso de la minería

 

El colapso de la minería

Fernando Rospigliosi

 

     


  
El incendio y destrucción del campamento minero de los Chancas, y el último asalto a Las Bambas son dos nuevas evidencias de la crisis que está hundiendo al motor de la economía peruana, la minería, crisis provocada e incentivada por el gobierno. El daño que están produciendo es cada vez más profundo y duradero. Cada día que pasa se ahondan los conflictos que serán muy difíciles de resolver en el futuro. Y a un costo altísimo.

        Es decir, cuando se eche a la gavilla de delincuentes que ha asaltado el gobierno, no se volverá simplemente a la situación anterior empezando desde cero. Los grupos de extorsionadores e ilegales que han realizado las incursiones mencionadas son cada día más fuertes, atraen cada día a más seguidores, y predican con el ejemplo a muchísimos otros que en todo el país observan sus acciones con atención.

        Todos aprenden las lecciones rápidamente. Primero, la impunidad. Pueden hacer lo que les da la gana, violar todas las leyes, y no les va a pasar nada. Antes bloqueaban carreteras y algunas veces eran desalojados. Ahora no solo cierran los caminos sino que asaltan y destruyen instalaciones. Y tampoco les pasa nada.

        Esto no empezó ayer. Como se recuerda, el gran avance, el salto cualitativo –para usar el concepto que gusta a los marxistas-, lo dieron cuando fueron apoyados públicamente –después de destruir varios campamentos mineros- por la entonces premier Mirtha Vásquez, la anti minera que llegó a ese cargo promovida y respaldada por todos los caviares y por los medios de comunicación que controlan, e incluso por un sector empresarial estúpidamente crédulo, que apuesta siempre a acomodarse con cualquier gobierno. Ellos compartían la estrategia que, según Héctor Béjar, había estrenado en los primeros días la embajada norteamericana de “humalizar” al gobierno.

        En segundo lugar, aprenden que pueden ganar mucho con la violencia. En el caso de los Chancas, se trata de mineros ilegales que operan en terrenos de la mina. Es un negocio rentable. No tienen que comprar las tierras, no tienen que obtener los innumerables y engorrosos permisos que demoran años, no respetan el medio ambiente y contaminan sin medida ni clemencia (sin ser perseguidos y atacados por las ONG ambientalistas de los caviares) y, por supuesto, no pagan impuestos. Daños colaterales son el trabajo infantil, la trata de personas, etc. que van a asociados a ese tipo de actividades.

        En las Bambas, además de la extorsión a la empresa, que es el negocio principal, también están robando mineral.

        Los que han participado en estos ataques, y los otros que se han sucedido en estos diez meses trágicos, a minas grandes y pequeñas, se fortalecen cada día, reclutan a más y más seguidores, y se vuelven más violentos y arrogantes. Cuando se instale en el Perú un gobierno razonable, será muy difícil reestablecer el orden.

        Además de los cientos de millones que no ha cobrado el Estado en impuestos por la disminución de la producción, de los miles de empleos que se están perdiendo, el daño reputacional es inconmensurable. Nadie en su sano juicio invertirá en el futuro los enormes capitales que se requiere para poner en operación minas como Las Bambas (diez mil millones de dólares) o los Chancas (tres mil millones de dólares) en un país que no garantiza nada.

        Y cuyo gobierno, a través de la bancada oficialista en el Congreso, pretende desconocer los contratos y estatizar Las Bambas con una ley.

        En suma, la violencia anti minera va creciendo descontroladamente, tolerada y alentada por el gobierno. Cada día que pasa, el costo de recuperar la legalidad se hace más alto.

        Mientras tanto, las instituciones que podrían y deberían evitarlo, duermen. O se acomodan. La defensa del Perú no parece ser una de sus prioridades.

Publicado en El Reporte 5/6/22